Por: Luis Carvajal Basto

Cuando el populismo es cuestión de método

Como la calentura no está en las sábanas, los pobres de Colombia no lo serán menos por cuenta de las quejas del vicepresidente o la metodología de Planeación.

Los gobiernos son elegidos para gobernar, para encontrar las mejores y  más oportunas políticas que articulen los recursos del estado en provecho de los ciudadanos y no para quejarse. Nos hemos quedado sin saber si la preocupación del vicepresidente es por el método usado para medirla o por la misma pobreza que viven nuestros compatriotas, pero es seguro que se trata solo de una exposición mediática que no resuelve nada.

Gracias a nuestro gran kid Pambelé, está resuelta la discusión sobre si es mejor ser rico que pobre, lo que hace más difícil entender la preocupación del doctor Angelino o sus motivaciones. La economía y la ciencia política, aun cuando no han podido proscribir la pobreza, han permitido a la humanidad precisar algunas de sus causas y también de los bajos salarios.

Para empezar, sabemos que la pobreza tiene unos factores estructurales e históricos, lo cual quiere decir que la  diferente dotación de factores de producción de países y sociedades y la intensidad o uso que se haga de ellos, la determina. Ese uso, en el último siglo se ha potenciado, o no, de acuerdo con la productividad del trabajo y la utilización de tecnologías. La cultura, entendida como el conocimiento heredado o adquirido que determina la conducta social, ha cumplido su parte y gracias a ello sabemos que la generación de riqueza tiene que ver mucho más con educación que con la nominal retribución de los salarios, por ejemplo.

En el mundo de hoy, completamente interconectado, ni los salarios ni las utilidades ni las tasas de interés son  asuntos puramente nacionales, como si lo son las políticas públicas, en gran medida, cuya implementación  constituye el “arte” de los gobiernos. ¿Podríamos imaginar lo que pasaría si de repente, por decreto, se triplicara el salario en nuestro país para que fuese más “justo”?

Para empezar, al subir el precio de la mano de obra ocurriría lo mismo con los bienes que compran los trabajadores, generando presiones inflacionarias que harían inútiles los incrementos salariales, pero antes se reducirían las tasas de ganancia obligando a buscar mayor productividad, aumentando el desempleo y reducción en la demanda o receso en la capacidad productiva. Los capitales buscarían, en otros países, mejores condiciones o rentabilidad. Ni hablar del encarecimiento de los productos nacionales frente a otros, pérdida de competitividad, déficit en la balanza de pagos y cambiario etc.

Tenemos, entonces, que  gobiernos bien intencionados podrían empeorar las condiciones de vida de los ciudadanos, asunto para el cual no son elegidos. Aumentar los salarios,  solo porque resulta una idea simpática para los electores que reciben alguno, generaría aumento en el número de quienes no lo reciben o desempleo, lo cual no puede ser el núcleo de la protesta del vicepresidente. El control de la inflación, por ejemplo, hace más por los salarios que su valor nominal o los discursos.

La historia reciente de Latinoamérica está llena de casos de gobiernos populistas que nos dejaron una herencia de pobreza, inflación, estancamiento y desempleo. Debería recordarlo el doctor Angelino, quien ha sido dirigente sindical en un mundo en que quien tiene un trabajo y recibe prestaciones, es poco menos que un privilegiado. Esos métodos simplistas y efectistas para superar la pobreza, apenas denunciándola, le sirvieron a muchos para ganar elecciones  más no para gobernar, el cual es el trabajo actual del vicepresidente. Los gobiernos populistas tuvieron ya su oportunidad y la desaprovecharon. ¿Repetimos?

 

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