Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Cuando estamos solos

SOLEDAD. LA IDEA PRODUCE ESCALOfrío. Estar a solas con una persona de la que no podemos huir.

Cuya voz nunca alcanzamos a silenciar del todo. ¿Qué hacer con uno mismo? ¿Y con todos los otros “yo” que nos acechan? Algunos hacen hasta lo inconfesable por no pronunciar esas dos palabras: “Estoy-solo”. Se cuelan en fiestas de desconocidos, deambulan hasta marearse en centros comerciales, fingen chatear en el celular, no cesan de hablar del clima en ascensores... con rumbo a un piso indeterminado.

Otros se casan. Tienen hijos. Y así.

Las conversaciones de recreo en los jardines escolares son monólogos simultáneos. Los niños, ajenos a las “normas tácitas” del ser social, se transforman en un mar de palabras —existentes, inventadas, modificadas—, se dedican a explorar su mundo interior en permanente eclosión.

Una tragedia (usualmente invisible a los ojos del mundo) sucede cuando nuestra voz interna se convierte en coro polifónico. Virginia Woolf optó por ahogar a ese gentío.

Aprendimos a asumir la soledad como “antinatural”. Nos negamos a percibir el artificio en lo social. Los monólogos del cine y la literatura se mueven entre la agonía y el delirio. De la ráfaga verbal de Molly Bloom (Ulises, de James Joyce), queda algo claro: si-hablas-sola-pero-con-puntuación-es-menos-probable-que-te-tilden-de-loca.

La industria farmacéutica se ha aprovechado de nuestra falta de preparación para la soledad, de la hiperinflación de diagnósticos de problemas mentales asociados a ella.

¿Cuál antidepresivo estaría en la mesa de noche en El dormitorio, de Vincent Van Gogh? ¿Le aumentarían la dosis al conocer su Autorretrato con la oreja vendada? ¿Y después de que se la entregó a una prostituta?

Nada que ver con el matador que, en plena vuelta la ruedo, le lanza una oreja del toro a alguna diva en la barrera. Se auto-medica con una cascada de sangría.

Y los “monstruos” ahí. Indefensos.

Las sumas y restas de la vida materializan todas las formas posibles de la soledad. En un tradicional café de Medellín, cuelga un lienzo de dimensión mural. Entre el arte naíf, el kitsch y el indefinible, intenta recrear las figuras de los visitantes habituales del lugar. El “Pibe”, uno de los modelos de la obra, señala su imagen y, luego, la de una mujer bailando. Luce un vestido negro, florido. Ya murió. “Habemos unos pocos de ese cuadro que no hemos fallecido”, dice el albañil de 89 años, con la sonrisa del vencedor. Despojado de nostalgia.

En cuestión de segundos, una pintura grotesca se convirtió en los soliloquios más bonitos del mundo. En las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, en la voz de Jessye Norman (“Pronto será tiempo de dormir,/ Que no nos extraviemos en esta soledad./ Oh paz, inmensa y silenciosa,/ ¡Tan honda al ocaso!”. Al ocaso, de Joseph von Eichendorff). En los gestos de Amy Winehouse cantando You know I’m no good.

La soledad redime. Cuando es elegida.

 

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