Por: Paul Krugman

Cuando falla la austeridad

A MENUDO ME QUEJO, CON RAZÓN, del estado de la discusión económica en Estados Unidos. Y de la irresponsabilidad de ciertos políticos –como esos republicanos que dicen que no habría gran problema en no pagar la deuda estadounidense —, que es alarmante.

Sin embargo, al menos en Estados Unidos, a los integrantes de la camarilla del dolor, esos que dicen que incrementar las tasas de interés y recortar el gasto gubernamental ante el desempleo masivo harán que de alguna forma las cosas mejoren en lugar de empeorar, los hacen retroceder la Reserva Federal y el gobierno de Obama.

Por el contrario, en Europa, la camarilla del dolor ha tenido el control durante más de un año, e insiste en que dinero firme y presupuestos balanceados son la respuesta a todos los problemas. Subyacente a esta insistencia han estado las fantasías económicas, en particular la creencia en el hada de la confianza, es decir, la creencia de que, en realidad, al recortar el gasto se crearan empleos, porque la austeridad fiscal mejorará la confianza del sector privado.

Desafortunadamente, el hada de la confianza se sigue negando a hacer acto de presencia. Y una disputa sobre cómo manejar la realidad inconveniente amenaza con hacer de Europa el detonante de una nueva crisis financiera.

Después de la creación del euro en 1999, los países europeos a los que antes se había considerado riesgosos y que, por tanto, enfrentaron límites en la cantidad de lo que podían pedir prestado, empezaron a recibir enormes afluencias de capital. Después de todo, los inversionistas, por lo visto, pensaron que Grecia, Portugal, Irlanda y España eran miembros de la unión monetaria europea, ¿qué podría salir mal?

La respuesta a esa pregunta, claro, ahora es dolorosamente evidente. El gobierno griego, al poder pedir prestado a tasas sólo un poco más altas que las de Alemania, se endeudó muchísimo. Los gobiernos de Irlanda y España no lo hicieron (Portugal está en algún punto intermedio), pero sus bancos sí, y cuando reventó la burbuja, los contribuyentes se encontraron enganchados con las deudas bancarias. El hecho de que el auge de 1999 a 2007 dejó a los países deudores con precios y costos demasiado fuera de control respecto de los de sus vecinos, empeoró los problemas.

¿Qué hacer? Dirigentes europeos proporcionaron préstamos de emergencia a países en crisis, pero sólo a cambio de la promesa de imponer salvajes programas de austeridad, que consistían principalmente en enormes recortes al gasto.

Se desestimaron las objeciones a esos programas porque serían contraproducentes: no sólo impondrían un enorme dolor directo, sino también, al empeorar la depresión económica, reducirían los ingresos. La austeridad,  en realidad, sería expansionista, se decía, porque mejoraría la confianza.

Nadie se creyó la doctrina de la austeridad expansionista más completamente que Jean Claude Trichet, el gobernador del Banco Central Europeo (BCE). Bajo su liderazgo, el Banco empezó a predicar la austeridad como el elixir económico universal que se debería imponer inmediatamente en todas partes, incluidos países como Gran Bretaña y Estados Unidos, que todavía tienen un elevado desempleo y no enfrentan ninguna presión de los mercados financieros.

Sin embargo, como dije, el hada de la confianza no ha hecho acto de presencia. Los países deudores aquejados de problemas en Europa, como deberíamos haber esperado, padecen un mayor declive económico gracias a esos programas de austeridad, y la confianza se está hundiendo en lugar de aumentar. Ahora está claro que Grecia, Irlanda y Portugal no pueden liquidar completamente sus deudas, ni lo harán, aunque España podría arreglárselas a pesar de las dificultades.

Siendo realistas, entonces, Europa necesita prepararse para algún tipo de reducción de la deuda que implique una combinación de ayuda de las economías más fuertes y “cortes de cabello” impuestos a acreedores privados, los cuales tendrán que aceptar menos de la liquidación total. No obstante, parece haber escasez de realismo.

Por una parte, Alemania habla de línea dura contra cualquier cosa que parezca ayuda a sus vecinos aquejados de problemas, aunque una motivación importante para el actual programa de rescates fuera un intento por proteger a los bancos alemanes contra las pérdidas.

Por el otro, el BCE actúa como si estuviese determinado a provocar una crisis financiera. Comenzó a incrementar las tasas de interés a pesar del terrible estado de muchas economías europeas. Y funcionarios del BCE han advertido contra cualquier forma de ayuda para la deuda – de hecho, la semana pasada un miembro del Consejo de Gobierno sugirió que incluso una reestructuración ligera de los bonos griegos causaría que el BCE dejara de aceptarlos como colateral de préstamos a bancos griegos. Esto se reduce a una declaración de que si Grecia busca ayuda para la deuda, el BCE desenchufará al sistema bancario griego, el cual depende de forma crucial de esos préstamos.

Si se colapsan los bancos griegos, eso bien podría obligar a Grecia a salirse del área del euro,  y es demasiado fácil ver cómo empezarían a caer las fichas del dominó por gran parte de Europa. Entonces, ¿en qué piensa el BCE?

Yo supongo que simplemente no está dispuesto a reconocer el fracaso de sus fantasías. Y si esto suena increíblemente tonto, bueno, ¿quién dijo alguna vez que la sabiduría rige en el mundo?

 

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