Por: Héctor Abad Faciolince

Cuando fui cura

Hace ya mucho tiempo, cuando era más alegre, yo solía oficiar ceremonias profanas para mis amigos poco solemnes.

Tenía preparados cultos de Nombradía (aquello que antes se llamaba Bautismo), protocolos de Arrejuntamiento (mejor conocido en el mundo de los creyentes como Sacramento del Matrimonio) y unas pocas veces, también, practiqué fórmulas de Sueño Eterno (eso que se pregona bien sea como Extremaunción o como entierro). Preparaba un sermón, practicaba algunos movimientos rutinarios que le dieran al acto un aire de rito y me vestía con algunos ornamentos insólitos para dar la impresión de que el momento se salía de lo habitual.

Habiendo ya perpetrado un número considerable de Arrejuntamientos, digo sin temor a equivocarme que el porcentaje exitoso de las alianzas que oficié se acerca al 79%. Un promedio bastante más alto que el de cualquier párroco e incluso de un obispo con toda su parafernalia y sus cantos en latín. Aquí debe constar que he casado (digámoslo así) tanto a parejas bisexuales como homosexuales y también a algunas de inclinaciones más corrientes, de esas que los conservadores suelen llamar —con la boca llena— naturales o normales. He de reconocer también que, no siendo yo ni cura ni juez ni notario verdadero, las juntanzas que oficié carecen de todo valor legal o religioso. Pero en general han durado más que las que reciben la gracia del sacramento.

En cuanto a los entierros, o ritos de Sueño Eterno, no puedo asegurar que las almas de todos los muertos o desencarnados despedidos por mí hayan terminado en el cielo o en una nueva encarnación más placentera. Tiendo a creer que la gran mayoría purgan sus maldades en el Purgatorio. No descarto que algunos hayan tenido un destino menos tibio y más definido, bien sea en el Paraíso o en el Averno. Pero para ser completamente sincero debo reconocer que creo que mis muertos están tan vivos como el barro, el agua o las piedras. Para no tener problemas con las jerarquías de la Iglesia, que sacan de los funerales su mayor provecho, yo adoctrinaba a mis muertos o a sus deudos para que nuestros ritos se celebraran en una de las más dignas instituciones colombianas: el Cementerio Libre de Circasia, un monumento a la libertad y a la tolerancia por el pensamiento ajeno.

Me falta hablar del rito iniciático de la Nombradía. Hubo un tiempo en que yo solía practicarlo en el quirófano, al lado de un cirujano experto en circuncisiones. Mientras el hombre cortaba el prepucio con el escalpelo, yo pronunciaba unas palabras en sánscrito y le daba a la criatura el mágico sonido con que debería asociar su ser más íntimo por el resto de sus días. Resolví terminar con esta práctica cuando varias mujeres me hicieron notar que la misma adolecía de una grave discriminación de género. En vista de que la ablación del clítoris estaba descartada por mis convicciones sensualistas, resolví que en adelante los ritos de Nombradía se iban a practicar en unos baños de inmersión públicos que había por mi barrio. Hundía a los bebés siete veces bajo el agua cristalina y pronunciaba a los gritos —de modo que se oyeran por encima de los berridos del niño— el nombre elegido por sus padres.

Todo esto una vez que fui cura —haciéndole honor a mi apellido—, en un duro período en que estaba sin destino y le quise montar competencia a la Iglesia. Yo pensaba que no era justo que los curas reales se hubieran apropiado de todos estos ritos de paso, de estas situaciones cumbre de la vida, de los cuales les provenían limosnas, genuflexiones y prebendas. Si la Iglesia Católica es la institución más exitosa y vieja de Occidente, esto se debe en parte a que se ha apropiado de estos momentos. ¿Qué hace uno si se muere? Pues manda decir misa. Después me puse a escribir, que es un oficio más descansado y que, aunque no siempre muy bien pago, se presta a menos furias, excomuniones y rabias por parte del clero. Hace mucho fui cura, sí, cuando era más alegre, pero ahora ya no ejerzo.

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