Por: Arturo Charria

Cuando la memoria se toma las canchas

El 11 de septiembre de 1973, mientras el ruido de los aviones anunciaba el inicio de la dictadura, miles de personas eran ingresadas, por la escotilla 8, al Estadio Nacional de Santiago de Chile.

Los militares golpistas no encontraron otro lugar que pudiera albergar el tamaño de su odio, por eso escogieron el estadio más grande del país. Éste, que había sido remodelado hace pocos años para el mundial de 1962, ahora servía como centro de detención, tortura y asesinato. Camerinos, corredores, baños y graderías, todo iba siendo copado.

Al Estadio Nacional eran llevados los trabajadores de los cinturones industriales de la capital, estudiantes y docentes, miembros de la Unidad Popular y habitantes de los barrios marginales. Para el general Pinochet y sus cómplices no había trabajadores, estudiantes o ciudadanos, había bolcheviques y guerrilleros del MIR -Movimiento Izquierdista Revolucionario. Tantos eran ante los ojos del general, que el estadio más grande del país resultaba pequeño.

Actualmente el estadio se mantiene en pie, allí van los chilenos a ver conciertos y a acompañar a su selección nacional y al equipo de la Universidad de Chile. Pero también es un lugar de memoria: hay varios monumentos que nos recuerdan la represión y los crímenes que allí ocurrieron. Sin embargo, la parte más emblemática del estadio se encuentra en la escotilla 8, a diferencia de las otras que han cambiado con innumerables arreglos, ésta se mantiene como en aquella mañana de septiembre de 1973, cuando los aviones militares sobrevolaban los cielos de Santiago.

Al entrar por la Escotilla 8, un letrero nos recuerda: “Estadio Nacional, Memoria Nacional”. Las paredes del amplio corredor que separa la entrada a la escotilla de las gradas, diseñado para el flujo de cientos de aficionados, ahora son objeto de estudio y se han convertido en un archivo sobre la represión. En esas paredes de áspero concreto se han encontrado mensajes escritos por los detenidos; por todo el corredor se recrea la historia que aquel 11 de septiembre y el uso del Estadio Nacional como espacio del horror.

Al atravesar el corredor de la escotilla 8 se sale a la tribuna. Desde ahí se ve muy bien la gramilla: un cielo limpio, por la luz del verano, alivia la mirada. Sin embargo, los bancos de la tribuna son largas tablas de madera desgastadas. Esa pequeña tribuna nunca se usa, aunque el estadio esté completamente lleno y afuera muchos hinchas quieran entrar. Al final de este espacio hay otro aviso que se ilumina en las noches de música y de fútbol. Allí, como un recuerdo que no termina se lee: "Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro".

Algo similar se presentó en Argentina el pasado domingo. Allí, la memoria copó las graderías y el corazón de los jugadores. Muchos militares, responsables de crímenes cometidos durante la dictadura, estuvieron a punto de quedar en libertad tras una polémica ley que permitía que cada año pagado en las cárceles argentinas, contara por dos: el llamado “2x1”. La situación generó  malestar en la sociedad: manifestaciones y multitudinarias marchas, lideradas por las históricas madres y abuelas de la Plaza de Mayo, hicieron que esta ley no cobijara a los llamados “genocidas”, como se leía en las pancartas de los hinchas y los jugadores que el pasado fin de semana asistieron a los estadios.

El sentimiento fue colectivo y nacional, y se expresó en esa otra religión argentina: el fútbol. Lo expresaron los hinchas de River y de Boca, de Talleres, Newells y Rosario Central, se vio en la cancha de Chacarita, Belgrano, Talleres y Huracán. Incluso, en el clásico del sur que se disputa entre Lanus y Banfield, los jugadores posaron abrazados e intercalados alrededor de una pancarta en la que se decía: “#NoAl2x1 Memoria, Verdad y Justicia”.

Ese día en los estadios de fútbol de Argentina no hubo hechos de violencia y, al igual que en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, la memoria se tomó las canchas.

 

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