Por: María Elvira Bonilla

Cuando las élites se la juegan

ESTA VEZ NO FUE UN KENNEDY  quien rindió el último homenaje al fallecido Edward, tal como lo había establecido una trágica tradición familiar. Robert pronunció el discurso de despedida final a su hermano John, el presidente asesinado en 1963.

Cinco años después fue Edward, el menor y único sobreviviente varón, el encargado de esas últimas palabras en el sepelio de su hermano Robert, igualmente asesinado. En el funeral de Edward, 41 años después, la antorcha cambió de manos y los Kennedy, la familia que había encarnado la aristocracia política y económica norteamericana, se la cedió a un hombre negro, de clase media, cuyo triunfo, al cual contribuyó, le representó a Edward Kennedy la realización de un sueño.

Barack Obama pudo ganar la presidencia norteamericana gracias al camino que abrieron en los 60, al dar la batalla política, hasta ofrendar sus vidas, por los derechos civiles y la abolición de la discriminación racial, líderes de la talla de John F. Kennedy y Martin Luther King y que consolidaron congresistas lúcidos como Edward Kennedy, quien sacó adelante el Acto Legislativo de los derechos civiles en 1964, con el que se estrenó como senador por Massachusettes.

En su homenaje en la Basílica de Boston, el presidente Obama reconoció en Edward Kennedy su compromiso con los que nada tienen, su consideración por los más débiles y su enorme capacidad para darles voz a quienes nadie quiere escuchar. Convencimientos que inspiraron las 2.500 iniciativas legislativas que suscribió solo durante sus últimos 20 años de senador, de las cuales 300 se convirtieron en leyes federales dirigidas a defender los derechos de los más desfavorecidos y a abrirles oportunidades económicas, a confrontar las distintas formas de exclusión, especialmente en el acceso a la educación y la salud, en una sociedad empeñada en invisibilizar a los pobres, como recordaba con frecuencia, que en Estados Unidos son 38 millones.

Soñaba con una sociedad más justa. Y entendió, sin sacrificar su capacidad de gozar apasionadamente la vida, el papel que estaba llamado a jugar desde su puesto en el mundo del poder y privilegios en el que había nacido. Por el contrario, aprovechó esas circunstancias para impulsar cambios de fondo en la sociedad y en el mundo. Con audacia y asumiendo riesgos como cuando fue de los pocos que desde el principio desaprobaron la guerra en Irak o cuando con su sobrina Caroline apostó, para sorpresa de todos, por el joven y aún desconocido Barack Obama frente a Hillary Clinton, la candidata del establecimiento demócrata. La fuerza de sus convicciones le permitió navegar con el viento en contra y avanzar rápidamente cuando lo tenía a favor.

No se encuentran fácilmente mentes lúcidas y progresistas como los Kennedy, y especialmente Edward, entre las élites contemporáneas, que estén dispuestas a medírsele a asumir grandes desafíos. El caso colombiano es patético, con unas élites económicas y sociales cada vez más distantes de los propósitos colectivos, encerradas en el pequeño mundo de sus intereses privados, desconectadas de lo público, convertido en escenario a disposición de quien se lo quiera tomar para su propio beneficio. Una élite cuyos pecados mortales son la frivolidad y la indiferencia frente a la tarea de construir país.

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