Por: Lorenzo Madrigal

Cuando lo oculto aparece

Tal vez se están viviendo las consecuencias del ocultamiento de un proceso, secreto y lejano, de tanto preludio falso, de propósitos y seguridades que se ofrecían, cuando el país estremecido veía que se negociaba una aparente paz en un país enemigo.

Desde un comienzo estaba claro que no se trataba de un arreglo equilibrado y que por fuerza de sus hechos violentos la tendencia de izquierda prevalecía.

Todo se iba conociendo a medias. Finalmente unos pliegos extensos y de pobre redacción fueron el resultado de lo que se llamó un acuerdo final de paz. Y aquí el gancho para convencer: este Gobierno había conseguido la paz, a la que nadie, en adelante, podría oponerse, como el propósito más sano de la vida republicana.

No se discutió mucho el salto súbito que un mismo personaje diera de la guerra al cese de los enfrentamientos: las razones y el método no importaban, pues la paz es siempre deseable y urgente. En una primera elección (año diez), el candidato, quien provenía del régimen anterior como el más aguerrido, se estimaba continuador del conflicto. Hasta territorios vecinos había llevado los bombardeos, sin mayores escrúpulos. Muchos votaron, en consecuencia, por el candidato de la paz, que era su contradictor, quien ganaba en una primera vuelta.

Pero, dueño del poder, tuvo el nuevo presidente la influencia de un familiar relevante, su hermano mayor, con cuyos oficios secretos emprendió negociaciones. La imaginación lleva a pensar cuál fuera el diálogo familiar: mire, hermano, haga usted la paz, está en su mano, yo le ayudo y se llenará de gloria. Quizá necesite de dos turnos de gobierno; use lo que consiguió su antecesor y busque la reelección inmediata. Todo dentro de un aura socialista y procomunista, pero nada de esto pareció importarle a quien había sido contradictor de esas ideologías: la gloria iluminaba su meta.

Era notorio cómo los párrafos aprobados en la isla lejana le llegaban al mandatario para su aceptación final y cómo él mismo, algo perplejo, fue entregándolo todo o se lo fueron quitando. Llegó a jugarse la carta de someter la propuesta a plebiscito, el que perdió y rescató, burlando la decisión popular. Para no desalentarlo los garantes de la negociación, mayormente de izquierda, le consiguieron el Nobel de la Paz.

Las cortes adormecían, la abogacía callaba, muy pocos leían lo que estaba a punto de convertirse en una nueva carta política. Los recién graduados en derecho vieron cómo de un plumazo y de una ovación en el Teatro Colón les descolgaban sus títulos y conocimientos. Al conseguido aplauso internacional se le vendió la posverdad de una beligerancia apenas reconocida como si fuera igual a 52 años de guerra.

Que hoy la Corte comience a recapitular y a darse cuenta de hechos tan notorios como la separación de poderes, abolida en los nuevos textos, no es algo extraño, sino tardío.

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