Por: Sorayda Peguero

Cuando menos te lo esperas

El tráfico se arrastraba sobre la avenida como una serpiente de anillas luminosas. Dos horas de aguacero y la George Washington parecía un río. Cuando la guagua se detuvo frente al hotel Jaragua, los pasajeros del costado derecho nos asomamos a fisgonear por las ventanillas del lado izquierdo: el lado del mar. Recordé la definición de isla que nos enseñaron en la escuela: “Porción de tierra rodeada de agua por todas partes”. Me alejé de la ventanilla y recuperé mi asiento destartalado. Ahí estaban esos ojos. Fijos en mí. ¿En mí? Sin duda. Esos ojos me estaban mirando. Me miraban con insistencia, como si quisieran hacerme hablar una lengua muda.

—¿Y después?

—Después paró el aguacero.

—¿Y después?

—Fuimos náufragos de nuestras miradas.

—¿Y después?

—Después no nos vimos más.

Mira que esta isla es pequeña, Martina. Uno cree que todos se conocen, que cuando menos te lo esperas puedes tropezar con un exiliado de tu pasado. Así, de improviso. Sin que el corazón tenga tiempo de alistarse para esa clase de sustos. Como cuando en pleno sopor de verano Dios abre las ventanas de su casa y nos manda agua por un tubo y siete llaves. Parece el fin del mundo. Pero el mundo no se acaba nunca. ¿Por qué te estaba diciendo esto? ¡Ah! Sí. Desde aquel día, no he dejado de pensar en esos ojos. Los busco en cada guagua que me lleva de la casa de la señora a la mía. Me acuerdo de ellos y sonrío, por fuera y por dentro. No creo que vivan gitanos en esta parte de América, pero a menudo pienso que esos ojos eran de un gitano.

Una tarde que crucé al supermercado para comprarle una botella de anís a la señora, me detuve en el pasillo de las cajitas de té. Había té de lavanda, de regaliz, de cacao, de rooibos, de pétalos de rosa. ¡Qué cosas tiene la modernidad, Martina! Cuando yo tenía tu edad, mamá me mandaba al patio a buscar hojas de guanábana y flores de hibisco. Todavía estaban húmedas por el rocío de la madrugada. Mamá las ponía en una olla con agua muy caliente. Tapaba la olla unos minutos. Después pasaba el líquido por un colador y lo endulzaba con miel o azúcar. Nos servía, a cada una de sus hijas, en jarros de acero esmaltado. Ese era nuestro té. La primera bebida de la mañana. En el supermercado vi unas cajitas de té con mensajes. Había una que decía: “Lo que hace la vida tan dulce es que nunca volverá”, Emily Dickinson. Leí la frase tres veces. Me la quería aprender de memoria y, aunque soy buena recordando palabras encadenadas, compré aquella cajita de té. La compré para mí. Era de manzana y canela. Por la noche estuve leyendo la cita en susurros: “Lo que hace la vida tan dulce es que nunca volverá”.

Yo quisiera volver a encontrarme con esos ojos. Lo deseo más que nada en el mundo. Pero una no puede ser dueña de algo tan hermoso y perturbador. No por mucho tiempo. ¿No debería estar agradecida? ¿Cuántas veces puede pasar algo así? ¿Cuántas? Esa mujer, Emily Dickinson, debía conocer los misterios de la vida. Qué manera tan poderosa de juntar las palabras, Martina; de hablarme desde una cajita de té, de hablarme a mí, en el pasillo de un supermercado. ¿Cuántas veces puede pasar algo así?

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2019-10-12T00:00:00-05:00

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