Por: Santiago Montenegro

“Cuando pa’ Chile me voy”

Dieciocho muertos y centenares de heridos, 19 estaciones del metro incendiadas y destruidas y otras 63 con daños muy grandes, que les impidieron seguir operando; 400 supermercados saqueados e incendiados y otros 600 inmuebles destruidos. Además de estos actos de terrorismo y vandalismo, hubo gigantescas manifestaciones pacíficas y con aire carnavalesco, que parecían no tener nada que ver con la violencia y destrucción. ¿Por qué sucedieron estos hechos en el país que de lejos tiene el mayor grado de desarrollo de América Latina? Quizá solo con el paso del tiempo se sabrá, pero ya existen hipótesis de corto plazo y otras más estructurales que parecen explicar lo sucedido. Entre los factores inmediatos, que precipitaron la crisis después del alza de los pasajes del metro de Santiago, parece no haber duda sobre una acción terrorista planeada y coordinada que, casi a la misma hora, incendió las estaciones del metro. Unida a esta acción, resaltan unas fuerzas de seguridad no solo con un pésimo sistema de inteligencia, sino incapaces e inhibidas de reprimir las acciones violentas de diferentes grupos en la Araucanía y de encapuchados en las ciudades, siendo el incendio del Instituto Nacional el episodio más reciente de desafío a las autoridades. Según algunos analistas, la memoria fresca de la dictadura militar parece haber inhibido la actuación de las fuerzas de seguridad, con el permanente temor de ser acusadas de violaciones a los derechos humanos.

Si estos factores llegaran a explicar su desencadenamiento, ¿por qué se dio el estallido de protesta social, particularmente de los jóvenes, que salieron a protestar en números gigantescos? Sobre estas causas más estructurales parecen existir tres hipótesis. Primero, se argumenta que el llamado modelo de desarrollo económico ha conducido a unas inequidades de riqueza e ingreso muy grandes, razón por la cual la gente reclama una mayor justicia redistributiva. Segundo, más que un reclamo por mayor igualdad, Carlos Peña, en mi opinión uno de los más agudos pensadores de América Latina, argumenta que su país enfrenta las dificultadas atadas al proceso acelerado de modernidad, que sin la seguridad de sus tradicionales vínculos primarios de comunidad, barrio o iglesia, hace a las personas muy dependientes de expectativas crecientes de mejoramiento de su bienestar material, expectativas frustradas en los últimos años después de las promesas que llevaron a la presidencia a Piñera. Unido a esta frustración de los sectores medios, Peña también argumenta demandas culturales de las nuevas generaciones que, dando por aseguradas unas condiciones materiales de bienestar y poco conocedores del esfuerzo que tanto les costó alcanzar a sus padres y abuelos, reclaman el cultivo de una serie de valores no materiales, como el derecho de los animales, el cuidado de la naturaleza o la posibilidad de viajar y cambiar de trabajo con frecuencia.

En tanto el Partido Comunista y otros grupos de extrema izquierda ven en la actual coyuntura un estado prerrevolucionario conducente al socialismo, otros reclaman rehacer los vínculos entre la sociedad civil y el Estado mediante una utópica democracia directa. Pero, para Peña y otros analistas, fortalecer la democracia representativa deberá ser la mejor garantía del diálogo, la deliberación y la búsqueda de una mayor igualdad. Pero, para espantar el miedo al otro y como condición necesaria para la provisión de todos los bienes materiales y culturales, se hace indispensable fortalecer el monopolio de la fuerza legítima del Estado, condición fundamental de su razón de ser.

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2019-10-28T00:00:41-05:00

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