Por: José Fernando Isaza

¿Cuándo perdimos la guerra?

EN LAS GUERRAS INTERNACIONAles generalmente la derrota de un país lo obliga a ceder parte de su territorio, a permitir fuerzas de ocupación y a ceder áreas como bases militares al vencedor.

Así ocurrió cuando EE.UU. derrotó a España, en los albores del siglo XX, y se hizo a la base de Guantánamo. La Segunda Guerra Mundial obligó a Japón a ceder la base de Okinawa y Rusia estableció bases y ocupó territorio en los países de Europa Oriental.

No se puede hablar de una guerra cuyo resultado fue la separación de Panamá, pues las tropas colombianas nunca llegaron a ciudad de Panamá para sofocar la revuelta. La razón: no pudieron usar el ferrocarril Colón-Panamá, controlado por EE.UU.; el coronel Shiler, encargado de su operación, no autorizó el transporte alegando que los reglamentos de la compañía impedían transportar si antes no se cancelaban los fletes. El resto de la historia es bien conocido. Colombia se vio obligada a modificar sus fronteras y el Congreso norteamericano acuerda el pago de US$25 millones, con el fin de regularizar las relaciones bilaterales. Es bueno recordar que la soberanía de Colombia sobre Panamá estaba garantizada por un tratado internacional firmado en el siglo XIX entre Colombia y los Estados Unidos.

Cuando se anunció que Colombia cedería tres bases al ejército norteamericano, me surgieron varias dudas: ¿Cuándo perdimos una guerra reciente con EE.UU.? ¿Hubo guerra? Pensé que me había pasado lo de Woody Allen en la película El Dormilón, que había despertado de un coma profundo de varios años, durante los cuales se produjo la guerra, el armisticio y la entrega de las bases. Pero no, nada de esto ocurrió. Con la excepción de algunas operaciones con anestesia general, no he perdido la conciencia ni la memoria.

La entrega de las bases es un “acto de fina coquetería del Gobierno colombiano, al norteamericano” pareció decir un portavoz del gobierno Uribe. Las autoridades colombianas afirman que no se trata de ceder soberanía, que los militares norteamericanos vienen por invitación y no como fuerza de ocupación y que, por lo tanto, no se requiere de concepto del Consejo de Estado ni del Senado para autorizar la permanencia en el país de tropas extranjeras. Para autorizar el tránsito de tropas extranjeras por el territorio, la Constitución colombiana precisa la necesidad del concepto del Senado y, si éste está en receso, del pronunciamiento del Consejo de Estado. Con mayor razón cuando no se trata de tránsito, sino de permanencia. Es bueno aclarar que los funcionarios públicos sólo pueden hacer lo que explícitamente la Constitución y las leyes les autorizan.

Las bases en Colombia contribuirán a enrarecer más el ambiente político con nuestros vecinos y no sólo con Ecuador y Venezuela. Es entendible que Panamá, Brasil y Perú sientan poca simpatía por la presencia del ejército norteamericano en un país limítrofe.

Hay coincidencias que no pueden dejarse pasar. El embajador Brownfield elogió la cesión de las tres bases, pero pidió una más, la naval de Málaga. No lo hizo sin ofrecer una contraprestación, unos días después de esta solicitud, seguramente para hacerla más viable, afirmó que sobre la reelección de nuestro presidente, las expresiones del presidente Obama no debían entenderse, como casi todos lo entendimos, como una crítica a un tercer período. ¿Habrá nuevas bases para la perpetuación en el poder?

 

* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

 

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