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hace 1 día
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Cuando se pierde el juicio

Nada peor que un juicio llevado a cabo sin buen juicio; sin que sea posible ver el fondo del caso, como quien mira desde arriba un depósito de agua limpia. Nada mejor que hacer las cosas de manera tal que ninguna de las partes tenga motivo para salir a reclamar que no se tuvieron en cuenta pruebas que pretendía aportar para evaluar mejor los hechos objeto del litigio. “Audiatur et altera pars”, decían los romanos. En palabras de hoy: que se escuche por igual a la otra parte.

La justicia no es solamente asunto de estrategias y tácticas ante los tribunales, ni de consideraciones o artificios técnicos por parte de éstos para justificar sus decisiones. En el trámite de cada proceso se han de advertir con total claridad los argumentos de las partes, que deben contar con la garantía de que sus pruebas y consideraciones sean conocidas, explicadas y justificadas, todas, como base de decisiones que se pueden proferir en uno u otro sentido.

El espectáculo del proceso que terminó con la absolución del presidente de los Estados Unidos, por parte del Senado federal, ha dejado la sensación de que su partido político cerró simplemente filas para tomar una decisión favorable, anunciada con anticipación y sin recato alguno. Como si la estatua del Juez Marshall, que preside respetable e incólume el hall del edificio de la Corte Suprema, como símbolo del compromiso con la justicia, hubiese tenido validez para una época pasada, caracterizada por principios que ya no valen. 

La reclamada y celebrada “victoria” del presidente en un proceso en el cual no fue posible apreciar todas las posibles pruebas, ni presentar sobre la base de ellas todos los argumentos que se pretendía plantear en su contra, puede ser por ahora motivo de satisfacción para el vencedor y sus amigos, pero traerá consecuencias preocupantes no solo para el partido sino para el conjunto de una nación que ha reclamado estándares que correspondan a la pretensión de ser significativa en los grandes términos de la historia.

Las consecuencias políticas e institucionales del proceso exceden ampliamente el ámbito de lo estrictamente judicial, dentro del cual el caso está cerrado. Factores fundamentales de la democracia y el Estado de Derecho, como la existencia de juicios con todas las garantías y el equilibrio y el respeto entre los poderes, se han visto afectados por la manera como cada quién ha obrado, sea desde la Casa Blanca o desde el Capitolio.

Una celebración como la que presidió el gobernante absuelto, sin sustancia y en tono vindicativo, no corresponde al nivel de ninguno de sus antecesores, desde Eisenhower hasta Obama, que buscaron siempre mantener una altura que correspondiera a la significación de su oficio. Con la consecuencia adicional de que puede terminar por extender a la vida política de ese país, y a la de muchos otros que siguen sus huellas, un talante que disminuye la calidad de la contienda política.

Para los ciudadanos debe ser motivo de preocupación el hecho de que ese tono del presidente sea el que marque, desde ahora, la campaña que cubrirá prácticamente todo el año 2020. De manera que, puestas las cosas en esa tonalidad, el ritmo, y el contenido, de todas las campañas, corren el riesgo de terminar por ser más un tinglado de reproches que de propuestas. 

Después de las celebraciones de un campo, y de la derrota anunciada del otro, que considera y seguirá pensado que no tuvo garantías elementales dentro del proceso, se comenzarán a advertir las huellas profundas que en el sistema político, y en la vida de la sociedad de los Estados Unidos, han dejado las incidencias del proceso y el enfrentamiento de un sector congresional con el presidente. El problema no es que dicha confrontación haya tenido lugar, pues es normal que se presenten diferencias entre dos poderes, que se equilibran entre sí en una democracia, sino la forma anómala en la que se obró al cerrar oportunidades a la oposición.

Justo es reconocer que no se trató solamente de acciones inusuales o indebidas en una vía, pues al abuso de las prerrogativas del Ejecutivo, diseñadas para otras cosas, mas no para defenderse y evadir la acción de la justicia, se vinieron a sumar, de la otra parte, gestos de irrespeto institucional, como el de romper públicamente y con ostentación el texto del discurso presidencial sobre el estado de la unión.

La huella más profunda en el fondo de la sociedad de ese país, posiblemente sea la que deja el hecho de que, en nombre de una ostentosa lealtad partidista, se haya aceptado, sin juzgar a fondo, una conducta que en otras circunstancias, dentro de la propia tradición republicana, para no hablar del puritanismo de otros tiempos, habría sido digna de reproche, de la salida del presidente y de la pérdida del poder para su partido. La lectura popular de la conducta observada puede ser la de que los senadores republicanos habrían estado dispuestos a pagar, y pagaron, un precio muy alto en el campo de su respeto por la justicia, con tal de no perder la Casa Blanca.

El conjunto del drama debilita la institucionalidad, y le hace perder peso y respeto. Se han llevado muy lejos los límites de lo que puede hacer un presidente. Si, en adelante, sus sucesores hacen sin problema lo que éste hizo en el caso de Ucrania, ya se sabrá que las acciones de justicia congresional pueden resultar inocuas ante los intereses de quienes deseen perpetuarse en el poder. De paso, cualquier eventual funcionario federal, llamado a declarar en un juicio como el que acaba de terminar, ha de saber que, de abrir la boca, sus días en el servicio público estarán contados.

Para colmo de males, con los sinsabores y anomalías del juicio que acaba de terminar, se inicia una campaña presidencial en cuyo desarrollo ya se vislumbra la presencia de todo tipo de artimañas informativas, o desinformativas, para conducir al electorado hacia la reelección del presidente. Para que se ahonde su obra y se arraigue su estilo, con todas las implicaciones que ello podría traer en el proceso histórico de una nación que, a punta de hechos parecidos a los de cualquier república bananera, pierde cada día la significación, la altura y el respeto que en algún momento llegó a tener en amplios sectores de la comunidad internacional. Como si muchos de los protagonistas principales de su vida pública hubieran perdido el juicio.

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