Por: María Antonieta Solórzano

Cuando se pierde la “magia”.

No es raro que dados los permanentes cambios políticos y económicos, las amenazas de guerra, el terrorismo o la corrupción, suceda que al acostarnos por la noche nuestra  realidad sea una y que al  despertarnos, a la mañana siguiente, nos encontremos con que  la situación ha cambiado radicalmente.

La rapidez con que suceden estos peligrosos cambios invade nuestros hogares, nos aleja de la cotidianidad segura y sencilla y nos aboca a sentir ansiedad y desconfianza frente al mundo externo y, más grave frente, a la familia. ¿Estaremos condenados a trasladar a nuestras relaciones afectivas las turbulencias de las guerras y violencias presentes?

Antes, las personas podían crecer y morir en ambientes similares. La cotidianidad  admitía hablar sobre la vida. La sencillez del encuentro humano tenía un tiempo y un lugar, las conversaciones después de la comida, la lectura de un libro o la oración, permitían entrar en la profundidad del mundo interno o saber del otro.

Hoy los medios nos informan durante veinticuatro horas lo que pasa en nuestro planeta, estamos alertas para que la nueva amenaza no nos tome por sorpresa. Las jornadas de trabajo de los exitosos tanto como las de los menos favorecidos, apenas dan oportunidad para la reflexión.

Un ejecutivo exitoso se preguntaba que le había pasado a su matrimonio. Su señora le había manifestado que sus sentimientos estaban cambiando y que se encontraba, muy a su pesar, interesada en otro hombre. Cuando el la interrogaba tratando de identificar el porqué, ella rompía en llanto y no tenía explicación.

Al examinar su historia, ellos notaron como su primer momento fue “como de película”. Ella hacía mercado y había tumbado unos frascos y el gentilmente la ayudó a sortear la situación, la invitó a un café y de allí surgió un encuentro que se alimentó de detalles sencillos como flores, cocinar juntos, pasear, conversar y, a veces, discutir. En palabras de ambos: Era  sencillo.

Les pregunté:¿Y ahora?  El dijo: ahora hay cambios y muchos deberes. Salimos de nuestro país mientras estaba en guerra, tenemos hijos, facturas, mi madre esta enferma, el padre de ella ha muerto y debemos ayudar a todos. Ya crecimos y la vida es  muy compleja.

Ambos se quedaron callados un momento y notaron que había una posibilidad: Tal vez si dejáramos de tratarnos como si fuéramos miembros de una brigada de rescate, si volviéramos a leer o caminar un poco. Al final del día, a lo mejor encontremos de nuevo la alegría de la sencillez.

No son pocas las personas ni las parejas que ven morir la felicidad en manos del agitado mundo moderno y de sus violencias; no son pocas las parejas y personas que consideran  que tanto el matrimonio como la vida misma pierden la “magia” y se resignan tener una cotidianidad sin encanto.

Sin embargo, si nos apropiamos del sencillo mundo de la vida diaria y nos damos cuenta de que es precisamente allí donde la calidad de vida tienen su asiento, tendremos la fuerza para rescatar el mundo privado del vértigo de las guerras, las violencias y los conflictos. Así, encontraremos un espacio de paz independiente de los cambios y azares de este mundo ancho y ajeno.

 

 

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