Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

¿Cuántas vidas tienen las malas yerbas?

No había vuelto a escribir porque casi me muero. Una mañana, a principios de enero, desperté con las piernas hinchadas como un par de tarros de galletas. A regañadientes, consulté al médico. Al auscultarme oyó… un soplo en el corazón. Dos o tres días después (soy procrastinador emérito), escaldado por la angustia de mi familia, fui a urgencias de la Clínica Cardio VID, antes Clínica Cardiovascular Santa María, un faro en la oscuridad.

En el triaje o triage, protocolo para clasificar el estado del paciente, saqué un puntaje tranquilizador, urgencia leve. Me hospitalizaron. El diagnóstico inicial fue casi poético: infarto silencioso y antiguo o arcaico. “Tienes un corazón muy discreto”, sugirió mi amigo Héctor Joaquín. Me tomaron una radiografía del tórax y me hicieron un electrocardiograma. Al otro día, una ecocardiografía: hay sombras sobre su corazón, dijeron los médicos y diagnosticaron una falla cardíaca aliñada con una imprecisa complicación renal.

¿Saben qué es la creatinina? “Es un desecho generado por los músculos como parte de la actividad diaria. Los riñones la filtran y la expulsan por la orina. La medición de la creatinina es el modo más simple de evaluar el funcionamiento de los riñones”. La mía estaba fuera de órbita. Tenía que bajar para que me pudieran hacer un cateterismo con angioplastia.

Para los magos de la Cardio VID, ambos procedimientos son pan comido. Pero no contábamos con las triquiñuelas de la realidad. A mí los tranquilizantes me producen efectos paradojales, o sea, secuelas contrarias a las previstas. Un calmante me estimula, un sedante me masturba. En el cateterismo, me aplicaron una droga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que desencadenó cuatro horas de despelote. Me volví un hulk: pataletas, forcejeos, gritos, insultos. Un alma caritativa me inyectó haloperidol, un fármaco antisicótico que me puso a dormir 17 horas seguidas. Después, pasé 10 u 11 días con sus noches a la espera de la estabilización de la creatinina. Por fin, me dieron de alta, y esta es mi primera columna después del incidente.

He tenido tres episodios de riesgo mortal en la última década, todos por lo mismo: descuido, como si fuera un millennial bobo, de esos que se sienten infalibles, invulnerables, invencibles, inmortales. Ahora creo que viví la repetición (¿inconsciente?) de lo que hice en mi nacimiento: sobrevivir. Nací sietemesino. Pasé varias semanas en una incubadora en la Clínica León XIII, del antiguo Seguro Social en Medellín. Mi mamá, Judith Valderrama, se murió a los ocho meses, con 41 añitos. Dicen que decidió no cargarme entre sus brazos para no apegarse a mí. Mientras tanto, yo, gracias al amor de la mamá de mi mamá, de mis hermanos, de mi niñera Elvia Durango y de mis tías maternas, Tina y Genia, las señoritas Valderrama, sobreviví a las espinas de la rosa. ¿Me aficioné a desafiar a la muerte, a comprobarme a mí mismo que sí soy capaz de vivir, que no me dejaré vencer, que renaceré muchas veces, que tengo siete vidas, que la mala yerba no muere? No sé. Mientras consigo una respuesta, le haré caso a un lector. “Más literatura, menos política. Más Isabel Barragán, menos Uribe. Más alma, menos hígado”.

Rabito: “…los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos”. Gabriel García Márquez. El amor en los tiempos del cólera, diciembre de 1985.

@EstebanCarlosM

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2020-02-15T00:00:02-05:00

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2020-02-15T00:30:01-05:00

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