Por: Columnista invitado

¿Cuántos muertos estaríamos dispuestos a aceptar para buscar un acuerdo mejor?

Si la Corte Constitucional lo aprueba, los colombianos tendremos que votar si refrendamos el acuerdo de paz en un plebiscito.

Por Ana Arjona *

Mi voto será, sin duda, por el “si”. En esta columna discuto los costos de abandonar este proceso y buscar un acuerdo mejor; un tema del que poco hablan quienes promueven el “no”. 

El acuerdo que está a punto de firmarse empezó a negociarse en 2011, nueve años después de que fracasara la negociación bajo el gobierno Pastrana. Si el acuerdo fracasara hoy, y a las partes les llevara el mismo tiempo volver a negociar, podríamos volver a hablar de paz en el 2025. ¿Qué pasaría entre el 2016 y el 2025?

Medir los costos de la guerra es sumamente difícil. Sin embargo, propongo un ejercicio muy simple. Según el Centro de Memoria, cada año de guerra entre 1958 y 2012 le dejó al país, en promedio, 4.039 colombianos muertos, 87.000 desplazados y 500 secuestrados, entre muchas otras víctimas. Dado el papel protagónico del conflicto con las Farc, podemos tomar estas cifras como un punto de referencia. Si esperamos otros nueve años para negociar, estaríamos hablando de algo así como 30.000 más muertos; 780.000 más desplazados; 4.500 más secuestrados. Más comunidades viviendo el horror de la guerra; más efectos nefastos sobre nuestras instituciones; más recursos malgastados en matarnos, en lugar de en mejorar cómo vivimos. En fin, más heridas, más profundas y más difíciles de sanar.

¿Qué ganaríamos con el acuerdo al que llegaríamos en el 2025? Ese acuerdo también tendría fallas porque se trataría de eso, de un acuerdo. Sería el producto de una negociación, pues en 52 años ningún Gobierno ha logrado someter a las Farc por la vía militar —ni siquiera Uribe, con una popularidad sin precedentes y el apoyo militar y económico de Estados Unidos—. Todas las negociaciones implican concesiones y fallas, sin excepción.

El acuerdo con los paramilitares, por ejemplo, tuvo importantes falencias. Entre otros, no se lograron desmontar las estructuras políticas paramilitares y un porcentaje no desdeñable de desmovilizados formaron bandas criminales o ingresaron a ellas. Pero la mayoría de los análisis sugieren que la violencia decayó. El reto seguirá siendo corregir los fallos de ese proceso sobre la marcha.

La pregunta central es esta: ¿son las limitaciones del acuerdo lo suficientemente graves como para justificar varios años más de guerra con las Farc en aras de buscar un acuerdo mejor?

No puedo discutir aquí las virtudes y limitaciones del acuerdo. Sólo quiero resaltar dos puntos.

Primero, el acuerdo no supone un cambio en el modelo económico (se sigue tratando de una economía de mercado), ni el abandono de la democracia. No hay nada, absolutamente nada, que pueda catalogarse como castrochavismo en este acuerdo.

Segundo, si bien el acuerdo no traerá la paz, nos acercará a ella. La guerra con las Bacrim seguirá y, mientras exista la guerra contra las drogas, seguramente seguiremos enfrentándonos a ejércitos privados que defienden sus ganancias. Que no podamos desmontar a todos los actores armados al mismo tiempo no le resta valor a este acuerdo. Acabar la guerra con las Farc es acabar con parte de la guerra. De otro lado, quizás algunos desmovilizados se dediquen al crimen; pero la verificación internacional hará difícil que, como grupo, las Farc sigan usando las armas. El reto es trabajar por una reintegración exitosa. Y este reto lo tendremos que asumir tarde o temprano.

¿Cuántos muertos estaríamos dispuestos a aceptar para buscar un acuerdo mejor? Yo, ninguno. Ni uno solo.

* Profesora de Ciencia política, Universidad de Northwestern. @anamarjona

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