Por: Santiago Montenegro

Cuarenta y cuatro años después

A LA MUERTE DE TIROFIJO, COLOMBIA es un país que enfrenta aún muchos problemas, pero es significativamente mejor que cuarenta y cuatro años antes, cuando comenzó su lucha armada.

En los últimos años las fuerzas armadas han infringido derrota tras derrota a todos los grupos armados ilegales, hasta el punto de que vislumbramos su eventual final. Pero desde el momento mismo de su fundación, en los años sesenta, las Farc jamás contaron con un apoyo significativo de la población, entre otras razones, porque el país experimentó un continuo progreso material y porque nuestras instituciones republicanas y la democracia también progresaron en forma considerable, pese a sus problemas, dificultades y retrocesos.

A comienzos de los años sesenta, aproximadamente el 50% de los colombianos vivía en el campo y un 85% por ciento era pobre. Hoy en día, un 75% vive en las ciudades y la pobreza ha caído a un 45%. Durante este período, el ingreso per cápita se ha triplicado. Hacia 1965, no más del 30% de los hogares colombianos tenía conexión a energía eléctrica; hoy en día, esa cifra es ya de un 91%.

Hacia mediados de los sesenta, por cada mil niños que nacían vivos, 124 morían durante el primer el año de vida; hoy esa cifra es de 25. Hacia 1964 los colombianos mayores de 15 años tenían en promedio sólo 2,8 años de educación; hoy tienen casi ocho años. Hacia 1960 la cobertura de educación primaria apenas llegaba a un 50%; hoy en día es ya universal. Como consecuencia de la mayor provisión de servicios sanitarios, de la caída en la tasa de mortalidad y del mejoramiento general de las condiciones de vida, la esperanza de vida al nacer de los colombianos se incrementó durante este período de 55 a 72 años.

Tirofijo y muchos analistas no comprendió que los gobiernos del Frente Nacional contribuyeron a la solución de la violencia bipartidista y fueron una alternativa institucional a las dictaduras militares del resto del continente. Tirofijo tampoco comprendió que la tradición democrática y civilista de Colombia se remontaba al siglo XIX y que los partidos tradicionales llegaron a tener un genuino apoyo popular. Como muchos, Tirofijo y los dirigentes de los grupos armados jamás entendieron el impacto que ha tenido en las instituciones políticas la elección popular de los alcaldes desde los años ochenta, y la de gobernadores, después de la Carta de 1991.

Además, la nueva Constitución profundizó en forma significativa el proceso de descentralización y acercó a millones de ciudadanos a la justicia con la introducción de la tutela y formas alternativas para la solución de conflictos. Después de la nueva Carta comenzaron a emerger grupos y partidos políticos nuevos que han aprendido a ganar elecciones y también a gobernar en varias gobernaciones y alcaldías. De hecho, las últimas cinco elecciones a la Alcaldía de Bogotá han sido ganadas por grupos diferentes a los partidos tradicionales y las dos últimas por la izquierda democrática.

Dicen que desde que se dedicó a la guerrilla, ese hombre jamás volvió a una ciudad. Jamás conoció un semáforo, un centro comercial o un ascensor. Muy seguramente muchos de sus colegas le comentaban cómo eran las ciudades y cómo vivían las familias colombianas. Palpaba la modernidad del país con la continua expansión de la red eléctrica. Pero se negaba a aceptarla. De allí, quizá, su saña por derribar las torres de energía. A Tirofijo lo derrotaron también sus ideas. Lo derrotó su certeza. Su verdad.

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