Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 5 horas
Por: Héctor Abad Faciolince

Cuartos separados

Voy a escribirlo, por muchas discusiones y malentendidos que me pueda acarrear: duermo mejor solo que acompañado. Sí, yo también he tenido la feliz experiencia de dormir entrepiernado, de despertar y sentir la urgencia de un contacto de cuerpo entero (en cucharita), de buscar frescura o calor en una humanidad ajena, de caer en ese sueño espeso y hondo que muchas veces sigue a la enorme descarga emocional del orgasmo compartido… Todo esto lo conozco bien, y sin embargo, al cabo de los años, después de largos matrimonios y largas solterías, me doy cuenta de que tengo más paz mental y corporal para dormir si estoy solo en la cama y siento que ese espacio es todo para mí. ¿Egoísmo? No solo. Creo que en esto puede haber también altruismo, generosidad; después lo explico.

Recuerdo el verso de una canción de Serrat: “Ay, amor, sin ti mi cama es ancha”. Cuando uno ha tenido más de un amor en la vida se da cuenta de algo muy sencillo, que no obstante es difícil de descubrir: la costumbre y el apego, los hábitos cotidianos de la convivencia, duran a veces mucho más que el amor. Ya no te quiero, pero me haces falta.

Tengo una pariente que va a llegar al jubileo de su matrimonio, a ese heroico medio siglo de convivencia que se parece tanto a la eternidad. Ella y su marido han dormido siempre juntos, y muchas veces en la misma cama con los hijos, antes, y ahora con los nietos. El lecho de ellos tiene siempre algo de nudo de lombrices, pero eso no es lo peor (o lo más bonito) para mí. Lo más difícil de entender es que el esposo duerme con música. Ahora que está jubilado oye música de día y de noche, sin pausa: al desayuno, al almuerzo, a la comida y toda la noche. Que él lo haga es muy raro, pero mucho más raro me parece que ella lo soporte y le parezca bien. No conocen el silencio, viven la vida siempre con un fondo musical, como en algunas tiendas.

Y aquí vienen mis dudas sobre el egoísmo o la generosidad. Si uno tiene algunos hábitos o defectos peculiares, como la costumbre de leer hasta tarde, o como sufrir de insomnios invertidos (despertar a las cuatro y no poder volverse a dormir), o si uno ronca a un volumen de rugido africano, no es el tipo de persona ideal para dormir con ella. En esto el asunto es parecido al puesto en los aviones: me gusta más la ventanilla, porque veo cosas (el mar, un nevado, un volcán, otros aviones), pero si a cierta edad la próstata empieza a crecer, lo más probable es que en un viaje largo sea necesario levantarse a descargar la vejiga varias veces. Y, al menos en mi caso, si tengo que escoger entre molestar y que me molesten, prefiero siempre lo segundo.

Por eso no es mala idea, ni es siempre egoísmo, preferir (si hay espacio) tener cuartos separados. No le quiero roncar en el oído a mi mujer toda la noche; no quiero prender la luz para leer a las cuatro de la mañana y ver que ella tiene que ponerse un antifaz; quiero ir a mear sin despertar a nadie (por no hacer ruido y por motivos ecológicos nunca suelto de noche); me gusta leer hasta que el alfabeto romano se me va volviendo cirílico y dejo de entender…

Es posible que muchas relaciones duren más porque evitan el exceso de cercanía. Una de las tragedias del matrimonio es el acostumbramiento. El cuerpo del otro se vuelve tan cercano que es como si fuera el de uno mismo y pierde esa carga erótica que da la diferencia, la otredad. Dormir en cuartos separados distancia en el tiempo ese efecto irremediable. Dormir juntos se convierte en la fiesta, en la excepción.

Estas son las ventajas. Pero lo que más envidio, en realidad, es a esas parejas que duermen siempre anudadas, entrelazadas, y se soportan, y se siguen queriendo, y nunca son una molestia para el otro. Como siameses satisfechos. No los entiendo, yo soy como soy, pero muchas veces me gustaría ser como no soy.

 

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