Por: Julio César Londoño

Cuatro hombres exactos

ENTRE LOS GENIOS DE LA HISTORIA hay cuatro tipos rarísimos que quiero recordar aquí para acompañar el café y el periódico del sábado.

El primero es Newton. Nunca se casó, practicó la usura en pequeña escala, descubrió el cálculo, casi agotó la física clásica y todavía tuvo tiempo para estudiar griego, latín y arameo, la alquimia y Las Escrituras, y para establecer una vasta cronología de la Antigüedad, compulsando libros sagrados, poemas clásicos y sucesos astronómicos.

Estaba convencido de que el universo era un criptograma urdido por Dios para que él, Isaac Newton, lo descifrara; para que le revelara al mundo el Principio hilárico del Todo. Fracasó en este empeño (como Einstein, que tampoco logró una teoría unificadora) pero arañó las verdades últimas y alcanzó en vida todos los honores. Se dice que sus colegas de Cambridge daban rodeos para no pisar los diagramas que Newton trazaba con su bastón en la grava del patio. Fue enterrado en la Catedral de Westminster con una pequeña pirámide de diamante sobre el pecho.

El segundo es Kurt Goedel, un lógico austriaco que demostró con un teorema riguroso que la matemática no es perfecta y que no lo será jamás. Si consideramos que casi todo nuestro conocimiento científico se basa en modelos matemáticos, la gravedad del anatema de Goedel salta a la vista. Era un hombre enfermizo, estudió lingüística antes de interesarse por las matemáticas, le gustaban las películas de pistoleros, fue amigo y compañero de trabajo de Einstein y murió de inanición en 1978. Parece que tenía miedo de ser envenenado, o Dios sabe qué, y se negó a comer.

El tercero es el inglés Alan Turing, el inventor de “la máquina de Turing”. En realidad no es una máquina, es sólo un algoritmo, una secuencia lógica de pasos, pero de esta idea salió el computador y, de alguna manera, toda nuestra vertiginosa tecnología digital. Ganó una batalla clave y secreta de la Segunda Guerra Mundial al descifrar el Código Enigma de los alemanes. Sufría de tartamudez y de risa nerviosa, no se rasuraba por temor a cortarse (la visión de una gota de sangre lo descomponía), andaba siempre en bicicleta y usaba una máscara antigases porque sufría de una alergia llamada la fiebre del heno. Los estrógenos que el gobierno inglés lo obligó a aplicarse “para invertir su polaridad homosexual”, le hicieron brotar senos. Se suicidó el lunes de Pentecostés de 1954 comiéndose una manzana inyectada con cianuro.

El cuarto es Ramanujan, un matemático hindú pobre y con una formación académica muy deficiente. Sin embargo, nada de esto le impidió demostrar más de cien teoremas de la sofisticada teoría de los números por caminos completamente originales. La mayoría son muy complejos y elegantes, “como partituras de música algebraica”, según la comparación de G. H. Hardy, su amigo y matemático del Trinity College de Cambridge. Ni él mismo era capaz de sustentar algunas de sus conclusiones, pero todas eran, en últimas, correctas. “La diosa Namakkal me enseña caminos. A veces resultados”, decía por toda explicación.

La genialidad de Ramanujan es más inexplicable que el precoz talento de Mozart. Para tratar de develar el misterio, algunos historiadores de la matemática proponen que no era la diosa Namakkal la que le susurraba las soluciones a Ramanujan sino el inconsciente, y citan en apoyo de su tesis los casos de muchos hombres de ciencia que se han despertado un día con la respuesta en los labios. Es una tesis atendible, sí, pero, ¿qué es el inconsciente sino una deidad moderna, un nombre claro para una entidad oscura, ilógica y poderosa?

 

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