Por: Luis Carvajal Basto

Cuatro lágrimas. Cuando Colombia llora.

El asesinato de cuatro niños en el Caquetá recuerda los peores momentos de la guerra y la violencia de los años cincuenta. Más allá de eso, señala los verdaderos retos de Colombia si se firma la Paz.

Bárbaros mil veces, se puede decir de quienes cometieron un crimen que seguramente tuvo el objetivo de causar un dolor peor que la misma muerte a los padres de los niños. Es la “lógica” de las retaliaciones mafiosas que nos deja el narcotráfico como herencia violenta. ¿Si se firma la Paz con las organizaciones guerrilleras desaparecerá esa violencia? ¿Cuántas pequeñas guerras se seguirán librando en ciudades, pueblos y campos de Colombia?

Mientras los pulsos entre fracciones políticas en el día a día mantienen viva, como si fuésemos imbéciles, la pregunta acerca de si conviene o no hacer la Paz en La Habana y en todas partes luego de tanto, suceden hechos como este que pone de presente la manera como la violencia se encuentra arraigada en nuestra cultura. También, la magnitud de lo que se ha llamado el pos conflicto: reparación a las víctimas educación, empleo etc. y, sobre todo, fortalecimiento de las instituciones y el Estado.

El ejemplo de lo ocurrido en Centroamérica puede ser útil aunque las circunstancias no sean similares: aquí, a diferencia de allá, no hemos tenido periodos largos de dictaduras pero sí mayor influencia del narcotráfico. Luego de firmados los acuerdos de Paz en Nicaragua, 1989; El Salvador, 1992 y Guatemala, 1996, los índices de inseguridad ciudadana se dispararon, llegando la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes a niveles entre 100 y 150 al año, muy superiores, con elecciones y en “Paz”, a los que ha mostrado Colombia en plena guerra.

Violencia común y delincuencia, es uno de los retos, si no el más grande, que hoy tenemos para resolver. El horroroso asesinato de estos niños se convierte en una advertencia acerca de lo que no podemos permitir que suceda, como la agudización en Centroamérica, o continúe sucediendo, como ahora.

En momentos como este pensamos, inevitablemente, en la inutilidad de discursos y saludos a la bandera: ¿Reconocimiento y reparación a las víctimas? Desde esta modesta columna emplazamos a las FARC, en plena tregua unilateral y organización que conoce muy bien ese territorio en el que funcionan varios de sus frentes, para que colabore con las autoridades legítimas en la captura de los autores del crimen. Ese sería un hecho notorio, con más valor que sus discursos en La Habana. ¿Desminado? pues claro, pero debemos igualmente “desminar” la violencia que hemos sembrado por décadas.

Hace pocos días el presidente Santos realizó una visita a Francia y sentó las bases para la creación de una policía rural tomando como referente a la gendarmería francesa y dejando la puerta abierta para que, luego de firmados los acuerdos con las FARC, miembros de esa organización hicieran parte de ese nuevo cuerpo. Muchos, quienes no ven al lobo enorme del narcotráfico y la delincuencia común que asecha en campos y ciudades, pusieron el grito en el cielo. ¿Será que no pueden imaginar una Colombia unida contra nuestros lastres?

Una cosa es firmar acuerdos y otra promover una transformación cultural, fortalecer al Estado y las instituciones. Seguramente tragaremos sapos lo que, comparado con hechos como el del Caquetá, no es nada.


@herejesyluis
 

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