Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Cuatro mitos sobre las familias, las motos y los parrilleros

Factores como el crecimiento del negocio de mototaxismo en muchas ciudades del país y el fortalecimiento de bandas criminales urbanas han llevado a la consolidación de cuatro mitos sobre las motos y quienes las montan.

 

El primero de ellos asevera que el aumento en la venta de motos responde al “problema” del mototaxismo. Cada que se habla o escribe sobre el mayor uso de este medio de transporte, se termina hablando de estadísticas de moto-taxis. La revolución, sin embargo, no es la de la moto-taxi, sino la de la motocicleta a secas. De acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, el 18 por ciento de los hogares colombianos tiene al menos una motocicleta. Y la mayoría de quienes adquirieron moto propia en los últimos años no tienen nada que ver con el mototaxismo: si bien el 29 por ciento la usa como elemento de trabajo, un 58 por ciento la tiene como único medio de transporte familiar o personal y un 11 por ciento la utiliza para viajar por carretera.

El segundo mito confunde el mototaxismo con la criminalidad organizada. En algunas ciudades la prohibición del parrillero, tras asesinatos o robos, desemboca en protestas de mototaxistas (que bajo esta medida tendrían que dejar de trabajar). Esto ha llevado a que se piense que son “los mismos”. Pese a que algunos mototaxistas son excombatientes, se trata de gremios distintos. Se dirá que las bandas criminales controlan el negocio en ciertas regiones. Pero, lo cierto es que esto sucede con cualquier actividad si la bacrim es fuerte: desde el chance y los paga-diarios, hasta la minería o la salud (en Tamalameque, Cesar, los Urabeños controlaban hasta los comedores escolares).

Un tercer mito tiene que ver con el parrillero como sinónimo de sicario y portador de desconfianzas. Este mito se viene abajo no sólo por la cantidad de personas que pueden hoy acceder a motos y sus distintos oficios, sino también en la medida en que algunas ciudades registran un mayor número de criminalidad entre mujeres jóvenes. En Cali, durante la administración de Apolinar Salcedo y ante la proliferación de crímenes perpetrados por mujeres en moto, se intentó, sin éxito, prohibir las parrilleras en algunos barrios. En Barranquilla, recientemente, el afiche con los delincuentes más buscados de la ciudad incluyó a dos mujeres, Lisette y Yurlina, baquianas del hurto y el homicidio calificado.

Un último mito confía en que menos motos son sinónimo de menor criminalidad. Este razonamiento está detrás de la prohibición del parrillero hombre, tan popular en navidad, y de iniciativas como el día sin moto. Aun así, estudios realizados tras la prohibición, en 2009, de las motos con pasajeros en varias ciudades de Nigeria (tras haber sido responsabilizadas de una mayor criminalidad y desorden) han demostrado que aunque la medida puede ser eficiente a corto plazo, en el mediano plazo puede engendrar mayor criminalidad en otras modalidades y la disminución en la calidad de vida de las familias de menores ingresos.

Parejas divididas por niños en uniforme, mujeres que salen del trabajo, casco en mano, hombres que encontraron trabajo como mototaxistas. Lo de las motos no es un problema sino un fenómeno. Un fenómeno ligado a la reducción en los costos de las motos (entre 2001 y 2010 el costo real de las motos importadas para ser ensambladas en Colombia bajó 58%). Pero también uno de movilidad. Movilidad social ascendente, movilidad entre calles, desde la llamada “área metropolitana” hasta el trabajo en la ciudad.

 

 

 

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