Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Cuatro mujeres de armas tomar

A mi amiga Isabel Barragán se le perdona lo que sea. “Yo soy más mujeriega que casanova”, proclama mientras, en contravía de los consejos de dietistas y otros hechiceros, lame la punta de un mimo de chocolate, maní y crispy. “¿Quieres ver?”. Sin esperar respuesta, abre su bolso Boy, de Chanel, y saca cuatro novelas. “Estas son algunas de las mujeres que más me gustan hoy”. Miro con curiosidad.

“En orden de aparición, la primera es Alejandra Jaramillo Morales con Magnolias para una infiel”, dice Isabel. “Es una novela introspectiva, digamos”, agrega. “Por casualidad, la narradora descubre al marido charlando con su amante”. “Odio las anfibologías”, me quejo por joderle la vida. Frunce la boquita y chupa más cono: “El marido de ella con el amante de ella, ¿capisci?”. “Joder y jolines”, replico, haciéndome el españolete. “Contra el adulterio, como contra la muerte, no hay remedio que valga”, se burla ella. “Es una novela deliciosa, llena de alusiones literarias, escrita en una prosa diáfana, sin equívocos y de final abierto”.

Me pasa otro libro: La perra, de Pilar Quintana. “Cosa brava esta novela”, dice y me arrebata el cono. “Ejemplo de minimalismo: menos es más. Es la historia de un fantasma y tres seres de carne y hueso, atollados en un acantilado del Pacífico por Buenaventura”. “Yo la leí”, digo. “Es espeluznante”. “Pilar cuenta las cosas como son y no las interpreta, lo cual es una bendición hoy en día. Una berraquita esa mujer”.

No me arriesgo a pedir otro mimo. Isabel Barragán saca Hotel París, de María Isabel Abad. “Es un rompecabezas de rugidos y palabras”, digo, sin achicopalarme. “Joder y jolines”, zumba Isabel y añade: “No hay ningún hotel, sino una clínica de reposo en donde se van entretejiendo las vicisitudes de la vida de la protagonista con la hediondez de la antioqueñidad”. “¿Cómo fue?”, pego un bote. “Con sutileza, María Isabel plasma el deterioro moral y ético de Medellín y Antioquia desde 1985 hasta 2001: de hecatombe en hecatombe hasta la inminente hecatombe final”. “¿De qué estás hablando?”, me asombro. “Ya verás”, anuncia con apocalíptico escepticismo.

“Oye, ñoño, ¿tú has buscado novia por Internet?”, me pregunta con full socarronería. “¿Yo?”, me escandalizo. “Jugar no es pecado”, se ríe a las carcajadas y me pasa Amor en la Nube, de Ana Cristina Vélez. “Fíjate que Nube está en mayúscula”, dice. “No es un cumulonimbo cualquiera, sino la Cloud de la hiperposmodernidad: ese sitio más o menos inmaterial en donde está almacenada la información de este planeta hambriento de información”. Me quedo en las nubes. Isabel me explica con paciencia: “En esta novela, Teresa, geóloga de 38 años, soltera, feminista, atea, anticonsumista, cansada de que la acosen por su soledad, se pone en la tarea de buscar y encontrar marido por Internet”. Ojeo el libro con curiosidad. “Todo narrado con humor, frescura y afiladas espinas a diestra y siniestra contra la idiosincrasia de la sociedad paisa, desde la hipocresía hasta el ultracatolicismo pasando por el machismo, la ceguera intelectual de las élites y la ignorancia supina de las masas”. “¡Oh, dioses!”, exclamo, aterrado. “La que entra la miel anda…”. “Las mujeres somos invencibles”, se enorgullece Isabel. “Duélale al que le duela”.

Rabito: ¿Quién sabe más de una caricatura que un caricaturista? Por eso la verdadera bancada de oposición a la mascotica Duque son Bacteria, Betto, Caballero, Chócolo, Jota, Matador, Mheo, Mil, Osuna, Picho y Pucho, Vladdo et al. ¡Bravísimo!

@EstebanCarlosM

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

¿Estamos dormidos o muertos?

¿Capón o castrato?

Los perros duros no bailan

¿Y usted cuánto tiempo aguanta?