Por: Julio César Londoño

Cuatro palabras nuevas

Hay palabras que son modernas y uno cree que son viejísimos porque siempre los ha escuchado. Pero debemos tener en cuenta que ese “siempre” no abarca más que unas cuantas decenas de años.

La palabra científico, demos por caso, la acuñó el inglés William Whewell en 1840 para reemplazar la expresión “filósofo natural”, que le parecía demasiado vaga. Isaac Asimov pensaba que Whewell la había inventado pensando en su amigo Michael Faraday, “el mayor investigador de todos los tiempos. Por esto me atrevo a sugerir que Faraday fue el primer científico de la historia” (Asimov, Viaje a la ciencia, 1995).

En realidad el primer científico, en el sentido moderno de la palabra, fue el filósofo natural Galileo Galilei (n. 1564), quien introdujo el rigor matemático en la ciencia. Galileo arrojaba desde la torre de Pisa sapos, piedras y monedas, y medía el tiempo de caída con los latidos de su propio corazón.

El amor es tan antiguo como el miedo, claro, pero el “amor galante” es un sentimiento novísimo, data del Bajo Medioevo, de los últimos años del feudalismo y los caballeros, cuando la mujer empezó a ser muy apreciada por obra y gracia de la aparición en escena de la Virgen María, la deidad que trajeron de Oriente los cruzados y despertó una devoción mayor que la del mismísimo Jehová. La mujer fue mirada entonces de otra manera, inspiró madrigales y castillos, los caballeros iban al campo de batalla con pañuelos perfumados y las mujeres a las fiestas con cintas, escotes y miriñaques. Así nació en el burgo ese frenesí que hoy llamamos moda.

El amor, pues, entendido como un sentimiento romántico, no tiene más de siete siglos.

Pocos años después apareció el concepto de “genio”, un prodigio netamente renacentista. Antes, el artista era apenas un instrumento de las musas. “Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles”, implora la línea famosa. El artista era un médium, una criatura inocente de sus errores e indigna de sus méritos. Con el nacimiento del individuo (también fenómeno del Bajo Medioevo) las cosas cambian, Dios pierde terreno, el mundo es antropocéntrico, el talento se valora como el resultado de un esfuerzo personal, los artistas empiezan a firmar sus obras y a cobrar duro, y las multitudes se inclinan ante el brillo del “genio”.

El intelectual, entendido como una persona que maneja más información que bienes tangibles, es un personaje antiguo. Pero hubo que esperar hasta el siglo XVIII para que los intelectuales conformaran un campo sociológico, es decir, una comunidad integrada por un número significativo de personas cuyas opiniones repercutían en el diseño de los contenidos de las políticas públicas de la sociedad. Es un fenómeno que tuvo en Francia su epicentro y en La Enciclopedia el proyecto aglutinante. La palabra “intelectual” apenas fue acuñada a finales del XIX por los opositores de Dreyfus (militares y comerciantes, principalmente) para zaherir a los defensores del “traidor” (filósofos, científicos, artistas y escritores). Así, “el caso Dreyfus” fue, en un primer plano, un hito del antisemitismo. En un segundo plano, otra fricción entre los hombres de acción y los hombres de pensamiento. Con los años, la palabra “intelectual” perdió su connotación peyorativa y fue un vocablo tranquilo y preciso... bueno, es un decir: la verdad es que los intelectuales seguimos considerando antipáticos a los militares y a los mercachifles, y que ellos nos siguen mirando como parásitos, mamertos, jipis, “filósofos”, etc.

Al principio fue el verbo, es decir, la acción, dicen ellos. Perdón, “verbo” significa “palabra”, decimos nosotros.

 

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