Por: Sergio Otálora Montenegro

Cuba inventa la rueda

VEAMOS: SE TRATABA DE CONSTRUIR el hombre nuevo, espécimen salido de la entraña misma del socialismo que tendría la virtud de producir, no por el vil metal, sino por incentivos morales, tú sabes chico, la revolución, el colectivo, el placer de acariciar un mundo mejor, a 90 millas de la decadencia capitalista, donde todo se mide en dólares.

Pues para hablar sin rodeos, la práctica cotidiana, la burocracia, la falta de estímulos económicos, la pobreza, terminaron por confirmar que Cuba necesita con urgencia lo que ya sabemos desde los albores del capitalismo: sin productividad ni eficiencia, sin salarios tasados según esos principios, no hay paraíso que valga. Es la gran lección de la historia. Es imposible hacer borrón y cuenta nueva, como si se tratara del primer día de la creación.

La iniciativa privada, la competencia, entendidas sin fundamentalismos neoliberales, son rasgos de la misma experiencia humana de siglos. No en vano hubo revoluciones  burguesas, desmonte de los valores feudales, lucha sangrienta por la defensa de los derechos del individuo. La gran lección de la debacle del socialismo “científico” o “real”, es que su sistema económico estaba pegado con babas, las babas del dogmatismo y la ideología.

No era posible sostener un mamut de las dimensiones del Estado soviético, por ejemplo. Hace varios años, cuando visité la URSS (gobernaba una momia llamada Yuri Andropov), no me dejó de sorprender el saber que los puestos de helados que había en las calles moscovitas, cerca de la Plaza Roja, eran del Estado. El vendedor era un funcionario oficial. La jornada laboral no pasaba de cuatro horas (por ley y por aquello de la plusvalía), el desempleo, según las cifras oficiales, no existía, y los precios estaban congelados desde hacía por lo menos cuarenta años. Puro artificio, como se demostró.

Los cubanos se están dando cuenta de que la gente requiere de incentivos materiales para producir más, para que su vida adquiera un sentido más allá del sueño socialista. Debe de ser horrible, para los ideólogos de la pura doctrina, tropezarse con semejante reto: que en Cuba, más temprano que tarde, habrá los que tengan más capacidad de compra y los que deban saltar matones. Sin embargo, no todo está perdido: si la dirigencia de la isla no permite que las desigualdades crezcan a niveles obscenos como en China, donde la miseria absoluta convive con la opulencia, entonces habrá servido para algo el inmenso (y absurdo) sacrificio impuesto por la revolución.

…Y CHÁVEZ RECULA

La pregunta de moda: ¿por qué Chávez resuelve, un domingo cualquiera, criticar el uso de las armas para tomarse el poder, y pide, de ñapa, la liberación sin condiciones de los secuestrados por las Farc?

Él mismo dio la clave: este grupo subversivo es ya un gran factor de tensión regional. Lo fundamental, sin embargo, es que en Latinoamérica han llegado al poder partidos y movimientos de izquierda (con distintos matices) por la vía electoral, sin recurrir a los fierros. El mismo presidente de Venezuela es producto de varias elecciones ganadas bajo las reglas de la democracia.

Muchos afirman que Chávez reculó debido a la comprometedora información contenida en los computadores de Reyes, que señalan, con lujo de detalles, la alianza entre el vecino país y las huestes de Cano. Y a la luz de esa teoría, el comandante estaría sintiendo que el “imperio” le respira en la nuca con posibles sanciones por apoyar organizaciones terroristas.

Sea lo que fuere, nuestro conflicto armado tiene su propia dinámica. Y la realidad colombiana envía señales perturbadoras: el Parlamento es un circo de impunidad, la desigualdad crece, y a pesar del discurso oficial, la oposición sigue amenazada de muerte.

Que Fidel Castro o Hugo Chávez deslegitimen el uso de la violencia como estrategia revolucionaria, no es aporte decisivo para superar nuestra gran tragedia. Todo lo contrario: esa postura puede ser entendida, en los campamentos de la sedición, como simples palabras que se las lleva el viento.

 

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