Por: Mauricio Rubio

Cuba, M-19 y reclutamiento de menores

Una práctica abominable de la guerrilla colombiana la habrían importado del régimen castrista sus pupilos más aventajados.

Desde sus inicios, la Revolución cubana se preocupó por moldear mentes jóvenes para garantizar lealtad al régimen. Clive Foss, biógrafo de Fidel Castro, anota que en 1961, Año de la Educación, de la “armada de estudiantes” que salió a las zonas rurales a educar campesinos, muchas instructoras volvieron embarazadas. Era “una política consciente del gobierno para liberar a las jóvenes y quebrar la moral burguesa. También estaba diseñada para debilitar lazos familiares y poner a los niños bajo un control estatal cada vez más estricto. Romper las tradiciones incluía enseñar desde la infancia a obedecer más al partido que a los padres”, anota Foss.

El éxito de la campaña fue impresionante. En 1962, la tasa de analfabetismo había caído del 24% a menos del 4% y hoy está entre las más bajas del mundo. La educación siguió siendo una alta prioridad. Del preescolar al doctorado, en Cuba nadie paga por sus estudios. Parte del costo de la matrícula es el adoctrinamiento que genera conformidad con la dictadura y merma el sentido crítico.

Florentino Aspillaga es uno de los desertores de mayor rango de los servicios de inteligencia cubanos cuyas experiencias recogió Brian Latell, exagente de la CIA. En 1962, unas semanas después de la Crisis de los Misiles, Aspillaga matriculó a su hijo quinceañero Tiny en la escuela de la Dirección General de Inteligencia (DGI). Todos los alumnos tenían menos de 19. Eran “maleables y aprendían rápido, acólitos entusiastas en un servicio de inteligencia incipiente liderado por revolucionarios incondicionales un poco mayores”. Cuando empezó a dirigir la poderosa DGI, Manuel Piñeiro Barbarroja, un cafre burgués educado en Columbia University que cautivaría a García Márquez y al M-19, apenas tenía 28 años. La mayoría de los adultos del orden prerrevolucionario eran prescindibles: se los consideraba corruptos, arrogantes y comprometidos con los norteamericanos. Los suplantarían jóvenes nacionalistas influenciables, la materia prima del nuevo hombre revolucionario. La purga empezó en agencias de seguridad, servicios de inteligencia y la cúpula de las Fuerzas Armadas revolucionarias dirigidas por Raúl Castro.

La sangre nueva tenía origen obrero o campesino. Algunos, como Aspillaga, venían del Partido Comunista. Esa generación incontaminada, rebosante de energía y devoción, sin ataduras burguesas, era la consentida del régimen. Tiny y sus compañeros recibieron entrenamiento en inteligencia. Casi todos fueron nombrados en embajadas como agentes encubiertos de la DGI e inmediatamente llamaron la atención. “Jóvenes y torpes, la mayoría imberbes, los muchachos cubanos carecían por completo de las aptitudes para labores diplomáticas”.

Varios agentes de la CIA que celebraron la entrada de los barbudos a La Habana se hicieron amigos de estos “muchachos de Piñeiro”, como también eran conocidos. Uno de ellos, Fernando Ravelo, que luego sería embajador en Colombia, cuenta cómo conoció en 1958 a este siniestro personaje que bajó de la Sierra Maestra preguntándole si se atrevía a recuperar unas armas en Guantánamo. Con ganas incontenibles de acción, Ravelo no pudo hacerlo pues desconocía la ciudad, pero “así se inició mi relación personal con Piñeiro que, con el paso de los años, se hizo muy estrecha. Me transformé en su subordinado, compañero y amigo durante 40 años”.

También por sus ideales estos jóvenes desencajaban en su entorno. Con educación precaria, eran audaces y comprometidos, verdaderos creyentes en la revolución, acólitos incondicionales de los Castro, Piñeiro o cualquier otro superior que los tratara como hijos adoptivos. Jorge Castañeda, excanciller mexicano que conoció a Barbarroja, anota que sus muchachos “lo adoraban y eran totalmente devotos a él”.

El análisis de unos 17.000 casos de menores colombianos reclutados para el conflicto muestra que la modalidad empezó tardíamente, en los años 80, con la segunda ola guerrillera, cuando, según Castañeda, el M-19 “mantuvo estrechas relaciones con la isla, tan estrechas que las autoridades norteamericanas (lo) consideraban el principal socio de los cubanos para exportar la revolución”. Por la misma época, ese grupo informal, heterodoxo, intrépido, nacionalista y definitivamente atractivo para jóvenes instauró “campamentos de paz” en barrios populares. Allí, grupos de adolescentes recibían entrenamiento militar, sin ningún contenido ideológico. De allí saldrían pandilleros y sicarios: arrojo puro y obediencia castrense, como los muchachos de Piñeiro.

Sería absurdo plantear que de La Habana vino un barco cargado de instrucciones para reclutar menores. Como ocurrió con el tráfico de drogas, el aporte de Cuba y el M-19 al conflicto fue destruir normas que limitaban las acciones de unas guerrillas rurales dogmáticas, hiperreguladas, hasta cristianas. Legitimaron el “actúe primero, piense después” tupamaro, el “hágale, todo vale” y acciones audaces celebradas por intelectuales locales e impulsadas en toda Latinoamérica por Barbarroja, un cínico con séquito de fanáticos que, como los narcos y sus sicarios, quebraron la rígida ortodoxia subversiva y ensuciaron la guerra.

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