Por: Arturo Charria

Cúcuta, 15 años después

Sucede que a veces cerramos los ojos y al abrirlos nos damos cuenta que han pasado 15 años. En 2003 la vida de un grupo de jóvenes en Cúcuta quedó suspendida en el tiempo: las canciones no terminaron y las palabras quedaron inconclusas.

El pasado 7 de junio volvieron a sonar las canciones que esa generación no había vuelto a cantar a una sola voz. Muchos tenían 15 años sin verse, sin volver a hacer temblar las calles y las hojas de los árboles con sus risas, que cuando se juntan, se confunden con la barahúnda de loros que vuela sobre el parque Santander a las 5:30 de la tarde. No se juntaban desde que Edwin y Gerson fueron detenidos, desaparecidos, torturados, asesinados y sus cuerpos arrojados al margen de una carretera veredal en el Catatumbo. No habían vuelto a encontrarse, tenían miedo y, aunque aún lo tienen, son  más las cosas que tienen por decirse. Pero esa noche no tocaron el tema de manera directa, expresaron su dolor a través de la banda sonora que siempre suena en sus memorias. Cantaron durante horas, sorprendidos entre sí de volver a verse y de reconocerse unos a otros como sobrevivientes.

El motivo del reencuentro era la conmemoración del día del estudiante caído y los quince años de ausencia de Edwin López y de Gerson Gallardo; dos líderes estudiantiles asesinados en 2003 durante la arremetida de los paramilitares en la ciudad. Edwin fue detenido y desaparecido el domingo de ramos, lo sacaron a golpes de la casa de una tía en donde se quedaba los fines de semana; Gerson fue detenido y desaparecido cuando salía de la Universidad Francisco de Paula Santander. Por esos días veían tantas películas sobre las dictaduras del cono sur en el cinceclub de la universidad que, cuando se los llevaron en carros sin placas, nadie creía que fuera cierto. De tanto ver esas películas éstas terminaron por anticipar la tragedia de sus propias vidas.

Pero Cúcuta no era Santiago, Montevideo o Buenos Aires y en la ciudad las cosas seguían como si nada hubiera ocurrido: en la universidad  las clases continuaron y el rector de entonces y de ahora, Héctor Parra, no dijo nada, no denunció la gravedad de los hechos, por el contrario, siguió promoviendo bazares y minitecas los viernes por la tarde. Las calles mantenían su algarabía de tierra caliente, los únicos gritos que se escuchaban en la ciudad eran los que venían los domingos del estadio y los de los vendedores ambulantes del centro.

Pero ahí estaban casi todos 15 años después, salieron de las piedras, bajaron de la copas de los árboles y llegaron de todas partes del país para cumplir una cita muchas veces postergada. Los que no pudieron estar enviaron videos con poemas propios y prestados, otros mandaron canciones y anécdotas, y la presencia de los ausentes estaba en la brisa que esa noche fue más fresca que de costumbre.

Nadie quería dejar de cantar, porque el silencio suele tender trampas en la memoria, con preguntas que no tienen respuesta o, lo que es más doloroso aún, con las posibles versiones que muchos han construido con el paso del tiempo: ¿Cómo habrán sido sus últimas horas de vida? ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos? ¿Se habrán desmayado ante tanto dolor? ¿Sus ojos se habrán cruzado con el de sus torturadores? ¿Habrán visto por última vez entre las sombras de su agonía el rostro de la persona amada?Preguntas que aparecen en la noche y que se repiten como una misma pesadilla.

Poco a poco se fueron despidiendo, con la promesa de verse al día siguiente para poner en orden sus recuerdos. Quizá entonces puedan hablar de aquello que desde hace quince años no se han podido decir.

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@arturocharria

 

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