Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Cúcuta solapada

UNA MUJER, DE 23 AÑOS, LLEVA DOS meses visitando todas las instancias del sistema de salud en Cúcuta para que le practiquen un aborto legal debido a la grave malformación del feto.

Cuando escuché la noticia quise buscar más sobre la historia en internet. Pasé entonces a Google y escribí las palabras “Cúcuta” y “aborto”. Aparecieron en la pantalla alrededor de 30 ofertas distintas de abortos clandestinos (procedimientos y misoprostol) en farmacias o cuchitriles de la ciudad.

No me sorprendió. Es la lógica clásica en ciudades con hombres y mujeres machistas. Sociedades ultra católicas donde la sexualidad femenina es mirada con algo de asco y mucho de temor, y en las que la Constitución nada puede hacer ante la biblia y el sermón.

Sociedades solapadas donde no hay espacio para la interrupción del embarazo legal, pero sí para toda una industria artesanal de abortos peligrosos. Pues mientras una mujer, dispuesta a pagar lo que sea en un consultorio improvisado, es acogida con el empresarial anuncio en internet de “¿Deseas abortar?” (lo mismo les da si abortamos, adelgazamos o pedimos cremas para las arrugas, lo importante es que exista la plata para pagar por el deseo), una mujer que acude a una EPS a solicitar una interrupción legal de su embarazo es recibida con el infame “¿Para qué abrió las piernas?”.

Una ciudad, vale recordarlo, cuyo sistema médico negó en más de siete oportunidades el derecho de una niña a abortar tras ser víctima de una violación en 2009.

Ante este apego a la tradición en la que el cambio, que por algún lado había de irrumpir, es en esencia solapado (no es bien visto abortar), es mucho lo que se puede hacer por las mujeres y sus derechos. Y ello desde la sociedad civil, ya que no desde el Estado (y mucho menos a la espera de la solución que ofrece el mercado), como valerosamente viene haciéndolo la organización Women’s Link Worldwide, que introdujo, hace cinco años, el aborto en la discusión pública.

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