Por: Gonzalo Silva Rivas

A cuentagotas

En Colombia es costumbre inveterada que las licitaciones aeroportuarias se hagan con criterio cortoplacista y sin proyección de futuro. Orientadas tan solo a paliar carencias y necesidades inmediatas.

Expertos insisten en que para 2014, cuando termine su nueva construcción, Eldorado quedará corto frente a sus exigencias de tráfico, que para entonces podrían sobrepasar en seis millones el volumen de pasajeros calculado.

Insuficientes, en todo caso, sí serán las licitaciones aprobadas para los terminales Simón Bolívar y Palonegro, cuyas obras contratadas son ejemplo de imprevisión, en procesos que desaprovechan la oportunidad que tiene el Gobierno de convertirlos en aeropuertos internacionales de primer nivel, coherentes con su estratégica ubicación y el creciente desarrollo de su mercado.

En el Simón Bolívar, deslucido aeropuerto, vecino de las oscuras playas de la Drummond, se invertirán $39.500 millones para levantar una nueva construcción que doblará a 12.400 mts2 su actual superficie de 6.200 mts2. Crecimiento rápidamente perecedero para una ciudad que pretende perfilarse como preferencial polo turístico mundial, centro neurálgico para el TLC y atractivo para las grandes aerolíneas nacionales y extranjeras. Los recursos obviamente tampoco cobijarán la corrección de vigentes falencias técnicas como la ampliación de la pista de 1.700 mts., apenas suficiente para los tiempos de hoy, y otras más en los sistemas de señalización y comunicaciones que hacen del samario un aeropuerto de persistente riesgo.

El Palonegro tiene presupuestado $30 mil millones para su remodelación y pese a la presión de empresarios y sociedad civil para que se levante una nueva obra, es nulo el interés de la Aerocivil por coger de los cachos la propuesta. El maquillaje previsto para el terminal bumangués, monumento a la vergüenza por la precariedad de sus instalaciones, corresponde a las proyecciones previas cuando se estructuró la concesión hace dos años. A la sazón se estimaba atender una demanda de 640 mil pasajeros para 2011, cifra que resultó superada en 630 mil. La petición de demoler la vieja edificación para empezar de ceros fue acogida en su primer momento por el presidente Santos y su ministro Cardona, pero el entusiasmo quedó en el hervor de los discursos.

Cerca del 45% de lo que cancelan los pasajeros del servicio aéreo entra al bolsillo del Gobierno pero por arte de birlibirloque tales dineros desaparecen del sector y limitados son los recursos dispuestos para desarrollar la obsoleta red aeroportuaria. Esta crece con el típico criterio tercermundista, a cuenta gotas y sin ninguna razonable planeación.

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