Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Cuentas raras

Probablemente una sociedad de estadísticos se parecería no a un paraíso, sino al triste reino de Laputa que nos describen Los viajes de Gulliver.

Pero, en el otro extremo, si los formadores de opinión y los periodistas fallan al echar incluso las cuentas más elementales, entonces se están produciendo deformaciones severas en la opinión, que —sumadas a tantas otras— pueden producir efectos tangibles sobre las políticas públicas. Dicho de otra manera: entre los dos extremos, el de exigir destrezas que no podrían adquirir razonablemente los reporteros o directores de medios y el de admitir las ingenuas contabilidades que se nos venden como verdad de a puño, hay un amplio campo de razonabilidad.

Esto lo digo a propósito de cálculos e inferencias que suenan muy creíbles, pero que no cuadran y que he visto repetidos una y otra vez en los últimos días. A raíz del terrible fenómeno de niños víctimas y victimarios, aparecen inevitablemente en los noticieros periodistas que, casi siempre apoyados en sendas entrevistas con supuestos especialistas y autoridades, concluyen que el problema tiene que ver con la crisis de la familia. ¿El asesinato del niño mariachi? ¿El matoneo? Busquen en la familia para entender la enfermedad. Sin embargo, si uno dedica dos minutos a pensar la cosa empiezan a aparecer las sospechas. Si se pudiera establecer el promedio de duración de las familias, Colombia no estaría entre los peor ubicados. Colombia tiene una tasa de divorcios mucho menor que, por ejemplo, la de Noruega. Pero, que yo sepa, en Noruega las noviecitas de los niños mariachis (¿habrá?: todo es posible en el mundo globalizado) no contratan a amiguitos para matarlos. La relativa inestabilidad moderna de la familia nuclear seguramente esté asociada a muchas cosas que tienen que considerarse un bien social, no un mal (como la entrada de las mujeres al mercado laboral o la secularización). Es posible que por crisis familiar nuestros reporteros o libretistas estén queriendo decir otra cosa. Pero no queda muy claro qué.

No siempre un sentido común nostálgico es el que hace la trampa. A veces simplemente se trata de autosugestión. Esto es lo que está pasando con el tema de los conductores borrachos. Los dos noticieros privados iniciaron una campaña contra ellos. Hasta aquí, muy bien. Después, empezó la popular petición de penas más fuertes. ¡El fenómeno era alarmante y estaba creciendo! Políticos avispados se apresuraron a presentar, el mes pasado, un proyecto de ley que aumentaba el castigo para la combinación de trago y gasolina. Pero, en realidad, no sabemos si ha aumentado el número de irresponsables, o si simplemente la campaña televisiva los está visibilizando más. Aunque en efecto hay fenómenos que se producen por rachas, mi apuesta está más bien hacia lo segundo. De hecho, creo que el número de conductores borrachos ha disminuido, tanto que ya nos empiezan a parecer condenables. Aquí, la campaña tiene dos efectos: uno pedagógico, positivo (manejar con tragos está mal y debe ser castigado) y otro negativo, consistente en lo que el actual ministro de Justicia ha llamado, si no me equivoco, “populismo punitivo”. Terminamos siendo más duros con un irresponsable, básicamente corregible, que con un asesino nato, como el seudo-hincha matón que recibió en días recientes cuatro años de cárcel.

A veces, simplemente las cuentas no se hacen, por inadvertencia —como destacó el exministro Granados con el problema de la leche, a quien nadie refutó y nadie dio la razón—. En otras ocasiones, las categorías usadas para capturar un fenómeno son erróneas, o absurdas, como cuando Gabriel Silva interpreta en su pasada columna las encuestas de la siguiente manera: el Gobierno hace todo bien, pero uribistas y robledistas hacen terrorismo por inducir a la desesperanza. Con ese inverosímil despropósito se me acaban las palabras, y la columna. Pero la moraleja es simple: ¡necesitamos mejores cuentas!

 

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