Por: Gustavo Páez Escobar

Cuentos viajeros

Con la ida de Helena Araújo a Suiza, en 1971, Colombia perdió la presencia activa de una gran crítica literaria. Pero ella no se ha olvidado de la patria. En estos 38 años de ausencia, el país ha conocido sus conferencias, ensayos y libros producidos en el Viejo Mundo.

Comenzando el año 2004, anotaba yo en una columna periodística, a propósito de su novela “Las cuitas de Carlota”, que Helena Araújo trabajaba en ese momento en otra novela y en un libro de cuentos. Este último, “Esposa fugada y otros cuentos viajeros”, acaba de salir a la luz con el sello Hombre Nuevo Editores, de Medellín. Fue presentado en Cartagena en mayo pasado, dentro del homenaje tributado a ella y a Olga Elena Mattei por el VI Encuentro de Escritoras Colombianas. En representación suya, al no poder viajar a Colombia por problemas de salud, estuvo presente su hija Gisele Albrecht Araújo, también residente en Suiza. 

Son nueve cuentos madurados a lo largo de los años. Todos tienen como eje el escenario de los viajes, experiencia muy conocida por la autora como intensa viajera que ha sido por los países europeos. No se trata tan solo del viaje físico, sino de la exposición narrativa de los problemas y emociones que caminan siempre con la persona y tipifican la condición humana en cualquier sitio del planeta.

Los personajes de ficción son extraídos, en gran parte, de las altas esferas a que pertenece la cuentista. Es una refrendación de su propio mundo, que ella ha trasplantado a toda su obra narrativa: “La M de las moscas”, La Scherezada criolla”, “Fiesta en Teusaquillo”, “Las cuitas de Carlota” y “Esposa fugada”.

Debe suponerse que en la novela que nos queda debiendo, y que esperamos tenga pronta edición, seguirán moviéndose los actores de su entorno burgués, tanto el de la Bogotá señorial de su tiempo, como el que vive hoy en Lausana. La vivencia personal significa la mejor manera de pintar el universo. Al autor de narrativa lo persigue siempre el mismo tema, que escenifica en variados aspectos. A veces no se da cuenta de ello. Ese universo, más que material, es espiritual y emotivo. Los límites físicos son secundarios.

En el presente acopio cuentístico, manejado con tono jocoso, gracia y fina ironía, el común de los personajes son mujeres fracasadas, separadas o frustradas, que viajan por el mundo con su carga de tedios, sinsabores y esperanzas mustias. Como la insatisfacción camina con ellas por todos los vericuetos de sus travesías insulsas, los caminos se vuelven estrechos y el amor, utópico. El arte de amar es esquivo para ellas.

Mujeres reprimidas, con ansias de libertad, ambicionan un mundo abierto, sin los afanes, los ahogos y las cohibiciones sufridos en sus ambientes aristocráticos. Cuando es la pareja de hombre y mujer la que se desplaza por hoteles, playas y recintos dorados, se percibe, en el tono que imprime Helena a sus relatos, un aire de irritación y desacomodo que no permite a sus actores disfrutar de la vida. La felicidad no existe en estos capítulos de la comedia humana. La narradora penetra en los ámbitos más profundos de la intimidad, mete el dedo en la llaga, señala las heridas que sangran y acusa a la sociedad tradicionalista por los desajustes y lacras sociales.

Lo hace, además, con lenguaje vehemente, preciso, definidor. La penetración sicológica pone al desnudo la miseria humana. Es un clamoroso repudio de la banalidad, la mediocridad, la bajeza del individuo. Quizá no haya demasiada trama, demasiada sorpresa, pero sí estados de tensión que saben dibujar los dramas interiores.

Estos cuentos sacan a flote llagas de la humanidad, que tal, me parece, es la intención de la escritora. Dos de ellos, “El tratamiento” y “Pero el dolor vuelve”, enlazados en la definición del dolor humano, son estelares. En mi concepto, son los mejor logrados de la colección.

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