Por: Julio César Londoño

Cuervo, el plagio y Harold Alvarado

En la mañana del martes de la semana pasada me llegó un correo urgente del director del periódico.

Allí Fidel Cano me decía, en un tono cortés pero perentorio, que había llegado una carta de un lector que me acusaba de haber plagiado a Harold Alvarado Tenorio en mi columna de hace quince días sobre Rufino José Cuervo. En un principio desestimé el asunto y pensé que era otra broma de Xembrador, un sujeto que cada ocho días asegura en el chat que yo todo lo copio de Wikipedia. Señor Xembrador: si su intención es ofenderme insinuando que mi estilo es tan reseco como el de una enciclopedia, ¡permítame decirle que lo está logrando!

En mi columna yo sostenía la tesis de que Rufino José Cuervo había muerto loco: “…y a veces me asalta en la alta noche la idea sacrílega de que el Diccionario sea sólo el delirio de un genio que perdió el juicio en el curso de sus agotadoras jornadas de trabajo en un austero apartamento parisino”.

Diez minutos después llegó un segundo correo de Cano. Traía un escáner de la página 265 del libro Rufino José Cuervo, un hombre al pie de la letra (2006), de Enrique Santos Molano, donde se leía clarito: “… y a veces me asalta en la alta noche la idea sacrílega…”, etc. En el pie de página, Santos explicaba que la cita correspondía a un artículo de Harold Alvarado Tenorio de abril de 2004, que le había remitido una señora de apellido Urbina. Volví a leer la fecha, abril de 2004, y sentí un corrientazo frío en la espalda. ¿Será que el loco soy yo?, pensé.

Entonces recordé que yo había publicado un artículo extenso sobre Cuervo en un suplemento literario y me puse a buscarlo en mis archivos con la esperanza de que allí estuviera el bendito párrafo, pero no lo encontré. Llamé a Vicky Perea de El País y le pedí el favor de que lo buscara en el archivo de la Gaceta.

No está, me dijo Vicky media hora después, y sentí otro corrientazo. Debo estar más loco que Harold, pensé.

Por la noche me llamó Vicky: ¡Lo encontré, me dijo, salió en Lecturas Dominicales el 13 de agosto de 2000! Hice clic en el vínculo con mano temblorosa, y brotó Torre de Papel, un artículo que escribí sobre el Diccionario de construcción y régimen de Rufino José Cuervo en El Tiempo ese año. Allí estaba, en caracteres nítidos, la misma bendita idea con casi idénticas palabras.

Yo no creo que Harold sea tan torpe para plagiar textualmente un párrafo de nadie. Él será maledicente y todo lo que quieran, pero no es ladrón. Por el contrario, tiene la costumbre de escribir textos y atribuírselos a otros. Lo que pudo suceder fue que colgó mi artículo en la versión on line de su espléndida revista Arquitrave (con el debido crédito, no me cabe la menor duda), pero la señora Urbina no vio mi nombre y dedujo que el artículo era del talentoso autor de Testamento de un hombre llegado a los cuarenta, uno de los más bellos poemas de la literatura colombiana. Punto y aparte.

La opinión más generosa sobre el mezquino tema del plagio se la debemos a Borges. Él pensaba que todos somos deudores de un lenguaje, es decir, de una creación milenaria y colectiva, de una tradición (una lengua, recordémoslo, no es un sistema arbitrario de signos y vocablos: es la manera como los pueblos sienten y traducen su realidad y cifran sus sueños). La idea está expuesta al frente de su libro Fervor de Buenos Aires: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño

El exquisito voto en blanco

Sobre un genocida camandulero

Un test para la segunda vuelta

¡De los genios, líbranos Señor!

“Santrich” no es un traqueto cualquiera