Por: Iván Mejía Álvarez
Hablemos claro

Cuestión de fe

La clasificación de Croacia a la final de la Copa Mundo es un acto de fe. Tanto como lo fue, en su momento, la clasificación para Rusia. Entre uno y otro episodio, existe un hilo que aglutina y conmueve a este pequeño país de apenas 4 millones de habitantes, que podría reestablecer un nuevo orden mundial en el fútbol el próximo domingo, en Luzhniki.

Croacia estaba en auténtica crisis faltando una fecha para terminar la eliminatoria rumbo a Rusia. Su escuadra nacional igualó de local con Finlandia y debía ganarle a Ucrania como visitante para poder acceder a un repechaje. El presidente de la Federación, Davor Suker, exjugador de la generación del 98, que ocupó la tercera plaza en Francia, tomó la gran decisión: liquidó a Ante Cacic, el técnico en funciones, y lo sustituyó por Zlatko Dalic, un semidesconocido, que venía de trabajar en Finlandia, Albania y Emiratos Árabes, palmarés corto y poco diciente. Pero Dalic, un católico integral, quien dirige con un rosario entre su bolsillo al cual se aferra en permanente acto de fe, consiguió el primer objetivo: llegar al repechaje tras vencer a Ucrania 2-0. Y después en la repesca, liquidaron a Grecia con un 4-1 y un 0-0 que los puso en Rusia.

En su quinta participación en un Mundial, Croacia ejerció de soberano en sus dos primeros partidos cuando liquidó, con mucho fútbol y autoridad, a Nigeria y a Argentina. Conducidos por el genial Luka Modric, el motorcito que lleva al elenco croata de la mano, los balcánicos dieron muestra de una defensa segura y ordenada con dos torres, Lovren y Vida, laterales que pasan al ataque como Vrsaljko y Strinic. El mediocampo es grueso en marca y tiene salida, en donde Rakitic y Modric se acompañan de Brozovic, dos extremos bien abiertos. Rebic y Perisic, quienes llevan la pelota hasta Mandzukic, el héroe del partido contra Inglaterra. Y todos resguardados por Subasic, un especialista en atajar tiros desde los doce pasos. Una sana costumbre.

Croacia no ha perdido la sana costumbre de arroparse en la fe para conseguir los objetivos. Cuando ha faltado el fútbol, el rosario de Dalic parece acompañar al equipo para superar pruebas difíciles, como tres alargues (uno ante Dinamarca, otro frente Rusia y el de Inglaterra). En todos, el elenco croata parecía liquidado físicamente, se veía quedado, pero siempre aparecía un factor adicional: el amor propio, el temperamento, el genio guerrero, para no bajar los brazos e ir superando obstáculo tras obstáculo. Cuestión de fe.

A Inglaterra lo mató con dos sencillos movimientos tácticos. Sacar a Vrsaljko y a Strinic al ataque, formando un doble puntero en banda, con lo que abrió la cancha al máximo y capturó todos los rebotes, con los que podía bombardear a Pickford.

A punta de milagros, remontadas y alargues, Croacia está en la final y, como mínimo, tiene un bono: es el equipo más amado y querido del torneo, pues todos desean premiarle su corazón guerrero y su fe.

 

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