Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Cuidado

LA RECIENTE OFENSIVA DEL URIBISmo —de la cual la cruzada contra la aceptación de la existencia de un conflicto interno es apenas el último episodio— tiene tres aspectos.

En primer lugar, el cómico. Todas estas gentes, vinculadas a delitos gravísimos, y que lo único que merecen es un juez probo, ahora se rasgan las vestiduras porque sienten que el país ya no les pertenece. Y en el proceso, incurren a cada paso en efectos de humorismo involuntario, que es una de las marcas de fábrica de su forma de hacer política. De las recientes, la ocurrencia que más me gusta es la de Luis Carlos Restrepo —ahora con barba, para reencontrar su verdadera identidad— cuando se lamenta de que los políticos siempre mienten. Restrepo está en este momento acusado de haber propiciado el montaje ilegal de una supuesta reinserción colectiva y cuando fue comisionado de Paz se caracterizó por su conceptualización flexible y generosa del concepto de veracidad, como sin duda lo recordará Rafael Pardo (junto con otros tantos damnificados). Y eso que todavía no tenía barba. Pero ahora, derritiéndose de autocompasión, gime contra la falta de sinceridad de los políticos…

Pastillas de cianuro, barbas, estridencias, ternura desbordada (por sí mismos): recomendaría el espectáculo para la temporada de sainete si no fuera por su chabacanería inenarrable.

En segundo lugar, el sórdido. Porque es expresión de una fuerza política que ha demostrado reiteradamente que tiene un pie en la ilegalidad, que no se aguanta las ganas de tener las puertas del sótano abiertas para que entre Job. No se me ocurre un solo nombre de un uribista de primera línea que no esté en este momento acusado de un delito grave y con evidencias serias acumulándose acerca de otros tantos. Aparte de la única obvia, la del caudillo mismo, pero porque tiene todas las gabelas del mundo (a propósito: ¿no valdrá la pena conformar una red ciudadana que se encargue de supervisar a la Comisión de Acusación para que no vaya a prevaricar?). Lo que queda claro es que durante el gobierno anterior se produjo una enorme repartija del Estado por parte de agentes privados, muchos de ellos vinculados con actores armados. Que hubo diseños institucionales que facilitaron esto y que venían de antes, es indudable y estaba incorporado al análisis y al debate público. Estoy familiarizado con algunos de estos temas. En un trabajo académico terminado hace más de un año me encontré con que los diseños del sistema de salud favorecían la toma del sistema por parte de los paramilitares (la versión en español se encuentra en Mercados y armas, editado por La Carreta). Pero sobre ese tramado institucional ya defectuoso el gobierno anterior tomó una serie de medidas que facilitaron un verdadero saqueo del Estado. Y es con este trasfondo —la aparición casi cotidiana de delitos y complicidades— que se produce la rebelión uribista.

Y aquí viene el tercer aspecto, el estratégico. Porque aunque rodeado de personal de aluvión y de insignificancias —por su carácter, no tolera a quien le pueda hacer sombra—, Uribe mismo es un político de enorme capacidad, un técnico que conoce el oficio a la perfección y que cuenta con una garra, una convicción y un carisma que pocos tienen en este país. Y lo que está buscando es consolidar su propia corriente, que es profundamente autoritaria, a través de ideas, programas y organización. El peor error que podrían cometer las fuerzas interesadas en la democracia en Colombia sería subestimar a Uribe y tratarlo como a un loquito a quien se saca del juego con el simple silencio estratégico, pues se trata de una figura de primera línea, que sabe que se está jugando el pellejo y que cuenta con apoyos sólidos y entusiastas en la sociedad colombiana.

Al uribismo hay que acercarse con las narices tapadas, sí, pero con los ojos bien abiertos.

 

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