Por: Julio César Londoño

Cuidado con el amor

HACE DIEZ AÑOS UN FORASTERO LLEgó a un salón de billares y desafió al dueño, el Viejo Lucas, quizás el mejor jugador del país, a un "chico" de dos mil carambolas a tres bandas.

HACE DIEZ AÑOS UN FORASTERO LLEgó a un salón de billares y desafió al dueño, el Viejo Lucas, quizás el mejor jugador del país, a un "chico" de dos mil carambolas a tres bandas. El hombre apostó fuerte, el Viejo Pérez no pudo resistir la tentación, aceptó la apuesta y jugó como un artista pero perdió el "chico" y el salón por once carambolas. También perdió para siempre la sonrisa, su corazón quedó lunanco y su mujer lloró mares. Luego el suegro le compró el salón al forastero y puso al Viejo como administrador con un sueldo miserable. Cumpliendo la promesa que le hizo a su mujer, el Viejo nunca volvió a apostar.

Diez años después, otro forastero, otro profesional, llega al salón y reta al Viejo. Yo no apuesto, dice el Viejo. El hombre pone sobre el mostrador un maletín lleno de billetes y dice: "Le apuesto 80 mil dólares contra el salón" (el salón no valía todo eso). El Viejo mira al forastero, mira el salón, piensa en su mujer, toma su taco, un Schon, y dice: Juguemos.

Este es el argumento del mejor cuento que he leído en mi vida. Barsovia Club Billares, se llama, está escrito con una precisión geométrica y envuelto en una atmósfera tan tensa que resulta casi irrespirable. Su autor es un sujeto raro: no le gusta escribir. "Prefiero leer -explica-. Es una operación más tranquila, menos pedante, más civilizada". Se llama Alberto Rodríguez, dirige un taller de escritura de Renata (la Red Nacional de Talleres de Mincultura), preside la Fundación Casa de la Lectura de Cali, y es una de las personas, junto quizá con Jorge Orlando Melo, que mejor conoce el tema de la promoción de lectura en Colombia. Se considera un lector puro... pero acaba de caer en tentación, como el Viejo Lucas, y ha publicado Cuidado con el amor, un libro de cuentos editado por El Tambor Arlequín.

Que un hombre saque su primer libro cuando ha llegado a la respetable edad de 60 años no deja de ser sospechoso (a diferencia de las orquídeas y las estampillas, el cuento no es un divertimento de senectute). Pero al terminar de leerlo uno descubre que fue necesario cada minuto de ese largo tiempo para que Alberto Rodríguez urdiera su libro.

El título es engañoso. Parece tomado de una película de Pedro Infante o de un poema de Ángela Becerra pero en realidad contiene una advertencia franca: su contenido es como un disparo en un ascensor.

Un mensaje de Dios en la Red, una tesis muy inteligente sobre cómo conoció Mahoma el Corán, un hombre que regresa a la isla donde agoniza su mujer, la compleja conversación de una cosmetóloga y un psicoanalista, un episodio de amor homosexual entre ancianos en lo más profundo de un ancianato, y la historia de un señor que debe llevar a su mujer a la cárcel para que le haga visita conyugal a un capo, son algunos de los temas del libro.

Estamos ante una horda de seres duros involucrados en situaciones muy feas pero sus historias están trazadas con un pulso tan firme que el resultado es profundamente estético.

Quizá por esto fue que Cristian Valencia escribió en El Tiempo: "Alberto Rodríguez tiene el tino exacto para dirigir malevos y eruditos, putas, dementes y maricones, ponderados en una balanza sin ética ni moral. Una de esas que tan sólo admite la grandeza y la derrota de los seres humanos sobre la tierra".

También Mario Mendoza fue víctima del hechizo de esta eficaz máquina verbal: "La otra cara de nuestra guerra tiene nombre: el desamor. Estamos ante un libro doloroso y divertido a la vez, en el que los protagonistas somos todos nosotros. En el amor nadie está exento de culpa. Amor y desamor son las dos caras de una misma moneda. Su autor nos advierte, sin embargo, que en el comienzo del amor está el desamor, es decir, el comienzo del horror".

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