Por: Juan Carlos Botero

Cuidado con las trampas nobles

Son seductoras. Son cautivantes. Están envueltas en la bandera de la patria. Y, ante todo, son inatacables. Por eso triunfan los canallas que las presentan al público, ofreciendo una causa de apariencia noble y legítima, que la gente no puede criticar ni cuestionar. En eso consiste su astucia. Y su vileza.

Me refiero a la idea, casi siempre ofrecida por un político, cuyo objetivo es, en teoría, defender la nación, proteger la ciudadanía y enaltecer los valores del país. Pero su verdadero propósito es silenciar la oposición y garantizar el apoyo ciudadano. La estrategia es, sin duda, astuta. El canalla arropa su interés personal en un valor sagrado como la patria, la seguridad nacional o el bien común. Toda crítica dirgida a él, afirma, es inaceptable por ser una crítica a esos valores. Y con eso se vuelve intocable. Al usar esos valores de escudo, el político garantiza el respaldo popular e imposibilita el escrutinio de sus acciones.

Un buen ejemplo de esto se vio en el Gobierno de George W. Bush. Después del ataque terrorista del 9/11, sobrevino un período de duelo nacional, de recogimiento y solidaridad mundial. Toda crítica al presidente era mal vista, considerada oportunista, una bajeza patearlo cuando las ruinas de las torres todavía humeaban. Entonces Bush aprovechó la coyuntura para tender su trampa noble: criticar al Gobierno equivalía a criticar a EE. UU., un país malherido, y eso era una traición a la patria. Y con esa trampa sagaz, que sonaba convincente, se lanzaron dos guerras innecesarias, con cientos de miles de muertos, trillones de dólares malgastados, y un daño en las relaciones internacionales poco menos que irreparable.

Un claro ejemplo previo fue el de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Su trampa noble era reivindicar la dignidad alemana pisoteada al cabo de la Gran Guerra. Hitler ascendió al poder sobre esa trampa, y lo que muchos ignoraron (o no quisieron ver) era que detrás de los escudos y las banderas, de las marchas y los desfiles militares, de la oratoria que seducía a millones y de esa noble causa nacional (la honra de Alemania) yacía el verdadero objetivo del tirano: la conquista de Europa y el Holocausto.

Y ahora tenemos otro ejemplo con Donald Trump. Esta nueva trampa noble dice algo así: el presidente, le guste o no, es Trump, y hay que apoyarlo porque a todos nos conviene que su gobierno sea exitoso. La teoría suena cierta. Lógica. Noble. Oponerse parece mezquino. Y ahí está el engaño. Porque con esa trampa se calla la crítica y se acaba la fiscalización. Se garantiza el respaldo nacional. Pero es falso. Nunca debemos renunciar a la oposición y a la vigilancia. Y lo que más nos conviene es que Trump fracase, porque su triunfo sería la validación de sus tesis racistas e intolerantes. Trump está del lado equivocado de la historia, y su éxito sería una aberración mundial.

Como digo: la estrategia es astuta. Hay que apoyar a Trump, no por él, sino por el bien del país. Hay que apoyar la política exterior de Bush, no por él, sino por la seguridad de EE. UU. Y en Colombia pasa igual. Hay expertos en tender trampas nobles. Uribe, por ejemplo. Y la gente las pisa convencidas de su validez. Y al igual que Trump, quienes ponen esas trampas se vuelven expertos en otra cosa. En sonreír. Porque saben que están ganando.

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