Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

¡Cuidado! La tierra es plana

Mi abuelo Marcelino, un campesino de una vereda de Rionegro, se murió creyendo que lo del alunizaje de julio de 1969 había sido una conspiración mundial del ateísmo para negar las gracias divinas. Para él, el Apolo 11 y sus cosmonautas eran una mentira, una invención quizá de los comunistas o de quién sabe cuál demonio para atacar la fe. Hoy, aunque parezca increíble, todavía hay gentes que niegan, por ejemplo, que la tierra sea redonda o que Trump, el “simio blanco”, sea, en rigor, un adalid del imperialismo.

De haber vivido más tiempo, quizá el “mono” Marcelino hubiera afirmado que el ataque a las Torres Gemelas era una invención de la tv y que los bombardeos a Irak eran una aventura más del cine y sus bellas mentiras. Podría decirse que la visión del abuelo era, si se quiere, hasta explicable en un ser que de vez en cuando hojeaba un periódico y que apenas supo de la radio cuando hubo una especie de programación para llevar las ondas hertzianas a los campesinos a través de Radio Sutatenza.

Hoy, con toda la parafernalia de las comunicaciones, las mentiras y otros bulos se propagan a mayor velocidad y, en ese campo, es el ámbito de la política en el que se van inventando cada vez más embustes, noticias falsas (Trump es un paradigma en este asunto), mitologías baratas que promueven a sujetos despreciables para metamorfosearlos en inmaculadas virgencitas o en benefactores de la humanidad.

Todavía, cuando ya pasó la alborada del siglo XXI, hay quienes aseguran que los Estados Unidos son los campeones de la democracia y la libertad y que, más que actitudes imperiales, lo que persiguen con sus incursiones nada diplomáticas es ofrecer “ayudas humanitarias”. Y otros, no se sabe si por ingenuidad, ignorancia o convicción como la que tienen los que piensan que la tierra sigue siendo plana como lo fue según ciertas creencias de la edad media, se empecinan en asegurar que la Casa Blanca es pura amistad y sonrisitas.

En la política es donde más se ha arraigado el feudo de la mentira. Y vale tanto para Trump como para Putin. Y ni hablar de un país infeliz (aunque se diga que es uno de los más felices de la plana tierra) como Colombia, donde todavía hay gente que niega los “falsos positivos”, o que se empecina por conveniencias a negar que haya habido aquí alguna vez un conflicto interno armado. No faltan los que se atreven a vociferar que las víctimas de la violencia son pura pose y que la minga indígena es una confabulación de guerrillas y bandas de narcotraficantes.

Y así, en un cultivo permanente de patochadas que los medios de comunicación amplían, se dice que aquí no hay niños que mueran de hambre, ni gentes que coman en los basureros, ni desempleados, ni mafias ni corrupción, que lo de Odebrecht, Reficar, el cianuro y fiscales al servicio de emporios económicos es pura invención de los “mamertos” o del “castrochavismo”. Cositas así.

¡Y cuidado con hablar de algún alto jerarca pedófilo, o de otro que sirvió a los intereses de las mafias o de aquel del más allá que Pablo Escobar le mandaba “maletinados” de platica porque hay que dar limosnas a sus santidades! No, esos son buenas personas, como los tan famosos “buenos muchachos”, como los que estaban empotrados en el extinto DAS y como uno que preparó el crimen de un profesor universitario.

Y así, entre el combo de políticos que no se pisan las mangueras, van estableciendo diseños y montajes. Hay que propagar que las reformas laborales han creado empleo y favorecido al trabajador; que en “Agroingresoseguro” sí se benefició al campesinado pobre; que aquí no hay neoliberalismo, ni se ferian empresas públicas, ni se asesinan líderes sociales, que tal situación obedece más bien a “líos de faldas”; ni se entrega la minería ni los páramos ni otros recursos naturales a las transnacionales, que eso es pura inversión y desarrollo. Y así hasta el infinito.

Y así como la tierra es plana hay que decir entonces que tal caudillo es un patriota, un humanista, un caballero, un “probo”, un “honorable”, un impoluto, y la urdimbre mentirosa va funcionando y calando en prosélitos y otros embobados. De ese modo, se va creando una ordinaria ficción en la cual, por ejemplo, los maleantes resultan santificados, con altares y retablos, y los auténticos héroes se tornan en “enemigos de la democracia”.

“¡Cuidado con los indígenas, los maestros, los sindicalistas, los estudiantes…!” Y así, los dueños del poder van fortaleciendo el reino de la mentira. Ah, sobra decir que don Marcelino era godo hasta los tuétanos y creía que algunos de sus nietos eran ateos y comunistas por sostener que el hombre había llegado a la luna.

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