Por: Catalina Uribe

Culpables pontificando

El pasado congreso constitutivo de las Farc produjo un sinsabor en algunos colombianos. El antiguo grupo guerrillero fue criticado, entre otras cosas, por mantener el nombre Farc, por la ostentosidad del concierto de clausura, así como por algunas de las frases de sus líderes. En el evento se habló de “ser ejemplo de la democracia que Colombia necesita” o de “luchar contra la corrupción y podredumbre de los que han gobernado”. Y aunque estas frases en abstracto suenan pertinentes para la situación del país, son todavía chocantes cuando las pronuncia un exmiembro de uno de los grupos armados más violentos, corruptos y desestabilizadores de la democracia que ha tenido Colombia.

Pero el problema de este tipo de discursos no es sólo de las Farc. La inconformidad generalizada viene sobre todo de sentir que en Colombia cualquiera que comete una falta se convierte en autoridad moral para hablar de ella. Así, tenemos a Popeye, antiguo sicario de Pablo Escobar, con casi 40.000 seguidores en Twitter, criticando a “bandidos” y “criminales”. En una escala moral mucho más moderada, pero no menos inconsistente, también tenemos que oír a Ernesto Samper reprochando a los acusados de corrupción, a Andrés Pastrana desaprobando “la entrega del país a las Farc” y a Álvaro Uribe reprobando la impunidad otorgada a grupos armados.

Esto no quiere decir que quienes tienen un pasado cuestionable no puedan por eso hablar de los asuntos públicos. La dificultad está en el tono y en la forma. La opinión digiere más fácil estos discursos cuando se hacen desde el reconocimiento del daño de la acción, o desde una corrección, o desde la experiencia de fracaso. El problema está cuando debemos oír a ciertos personajes hablar desde una posición que los exime de toda culpa, y que parece burlarse cínicamente de la memoria de los colombianos.

Parte del reto para empezar a bajar la polarización del país consiste precisamente en reclamar un cambio de tono en el discurso político. En parar el pontificado de quienes tienen rabo de paja. Recordemos que aprender a callar es también una virtud ciudadana. Alborotar los ánimos no hace otra cosa que abrirle la puerta a la violencia de la venganza.

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