Por: Arlene B. Tickner

Cultura de viñeta

El triunfalismo sobre las visitas oficiales de Óscar Naranjo y María Ángela Holguín a Washington -de donde el vicepresidente y la canciller regresaron “invictos” porque nadie pidió reanudar la fumigación de la coca, y pudo reafirmarse el valor estratégico de la relación bilateral, incluyendo el apoyo estadounidense al ingreso colombiano a la OCDE– y la crítica vehemente del alto comisionado para la paz, Rodrigo Rivera al jefe de la Misión de la ONU en Colombia -por afirmar que más de la mitad de los excombatientes de las FARC ha abandonado los espacios de reincorporación por la pérdida de confianza y el incumplimiento de los acuerdos de paz– tienen algo en común.

Reflejan un ethos para con el mundo, basado en las apariencias y que disfraza la realidad de palabrería y descalificación de las opiniones adversas.

Hace varias décadas el maestro Rafael Gutiérrez Girardot describió la colombiana como una cultura señorial de viñeta. Como ejemplo de ella, recordó que las elites creían merecido el apodo de nuestra capital como la Atenas sudamericana, pese a su complicidad en la Guerra de los Mil Días, el mayor conflicto violento hasta entonces en Latinoamérica.

Si hay algo que enlaza el presente diplomático del país con el pasado, es tal vez la “arrogante miopía” descrita por Gutiérrez. Esta se observa actualmente en la marcada discrepancia entre las aspiraciones cosmopolitas de la dirigencia nacional, evidenciadas entre otras en su afán de adhesión a la OCDE -la segunda obsesión del presidente Santos después de la paz- y los problemas irresueltos que enfrenta el país, tal y como han señalado distintas entidades internacionales como Naciones Unidas, Human Rights Watch y Amnistía, por no mencionar la misma OCDE.

Frente a ésta, la cultura de viñeta aconseja la soberbia y el talento oratorio. Para la muestra, una advertencia legítima sobre la implementación de los acuerdos de paz hecha por el organismo encargado de acompañarla fue tildada por el alto comisionado Rivera de imprudente, injusta y poco diplomática, mientras que acusó a éste de dejarse llevar por las pretensiones electorales de las FARC. Algo análogo, guardadas proporciones, a las inculpaciones previas de Álvaro Uribe de la complicidad de la ONU con el terrorismo. De forma similar, ante una pregunta formulada en el marco de la presentación hecha por Naranjo en el Woodrow Wilson Center, sobre la baja confianza de los inversionistas extranjeros y las medidas adoptadas por el Gobierno para recuperarla con miras a asegurar su entrada al “club de los ricos”, el vicepresidente habló de literalmente todo menos que esto, incluyendo la importancia de los aguacates para el comercio colombiano.

Como ha ocurrido cíclicamente a lo largo de la historia colombiana, e independientemente de los logros indiscutibles que el país ha acumulado en décadas recientes, la cultura de viñeta a partir de la cual la dirigencia política y económica sigue proyectándose ante el mundo está montada en buena medida sobre una eficacia simbólica y ornamental de las políticas públicas y no su eficacia constatable en evidencias empíricas y resultados. Haríamos bien en insistir en lo segundo como antídoto frente a lo primero.

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