Cultura del atajo

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Este no es el primer texto que se escribe sobre el fenómeno típicamente colombiano de burlar la norma, saltarse la fila, no respetar el semáforo, en pocas palabras, ignorar los principios mínimos que deben regir la vida en sociedad. Pero como los síntomas del mal son cada día más notorios, no es redundante volver sobre el tema.

Estas conductas tramposas, tan frecuentes aquí, brillan por su ausencia entre nuestros compatriotas cuando viajan a un país como Estados Unidos, donde el respeto a la ley no es la excepción sino la regla. Apenas un colombiano pisa territorio estadounidense se vuelve disciplinado. No se atreve a pasarse un semáforo en rojo. Ni hablar de que le discuta a un policía. Esta metamorfosis adquiere carácter permanente cuando un colombiano se residencia en esa nación, y de seguro su conducta revierte al estado anterior al volver al país después de una corta o larga permanencia allí.

No hay que ser experto en psicología de masas para entender las razones de esta transformación. Para comenzar, una de las ventajas que nos llevan los países civilizados consiste en que las normas de buena conducta están arraigadas en sus costumbres por una larga tradición y la aplicación de la ley las materializa en forma general, abstracta e igualitaria para todos. Hay excepciones, como la discriminación de las minorías raciales en Estados Unidos, pero el precepto de la igualdad propugnado por Lincoln está consagrado en la ley y grabado en la mente de las mayorías.

Algo muy distinto ocurre aquí, donde se adoptó desde la Conquista el cínico principio de los encomenderos según el cual “la ley se obedece, pero no se cumple”. Con esta actitud de quienes ejercían el poder en nuestro territorio contra las órdenes que les llegaban de España de proteger a los nativos, se sentó desde muy temprano un ejemplo que cundió en las esferas del poder con efectos visibles hasta hoy. De esos efectos dejó una memorable descripción Jorge Eliécer Gaitán cuando dijo que en Colombia “la ley es para los de ruana”.

Abundan los ejemplos de esa conducta, que engendró instituciones y profesiones tan comunes entre nosotros como la palanca y el tramitador. Quien no haya usado la primera, sobre todo si vive de la política, que tire la primera piedra. Y quien no haya acudido al segundo para obtener el pase de conductor, gestionar la expedición de un documento o realizar algún otro trámite en una dependencia oficial no está viviendo en Colombia.

¿Cómo remediar esta situación? Lo primero es reconocer que ella obedece a una mala educación generalizada por la cual nadie responde. En una sociedad donde además de la pobreza y la ignorancia prevalecen la violencia sexual y el embarazo infantil y adolescente, es utópico pretender que los recién nacidos beban el néctar de la educación con la leche materna, como lo preconizaba Erasmo de Rotterdam. Si a esto se agrega que más de dos millones de niños no están en la escuela y que a los matriculados se les imparte una educación de mala calidad, no hay muchas razones para el optimismo.

Con la política de cultura ciudadana que Antanas Mockus impulsó desde la Alcaldía de Bogotá hace más de dos décadas se buscó corregir el problema con resultados relativamente exitosos, pero estos fueron flor de un día. Después volvieron los comportamientos irregulares de siempre, fomentados además por el mal ejemplo de los tramposos de arriba. El avivato, paradigma de los corruptos y los aprovechadores, se consolidó en su puesto y ensanchó sus dominios. Mientras no sea derrotado, subsistirán las conductas desvergonzadas y ofensivas que conforman la cultura del atajo.

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