Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Cumpleaños

El 7 de agosto tuve, de regreso a Bogotá, la desgracia de sufrir un accidente automovilístico. Apenas sucedió, un par de conductores que me habían adelantado pararon a preguntarme si estaba bien. Un motociclista se bajó y me prestó su celular (yo no acertaba a encontrar el mío) para que llamara a la grúa; se esfumó antes de que le pudiera siquiera ofrecer alguna contraprestación. Al cabo de un rato me abordó una patrullera de la policía. Después de comprobar que no estaba herido, se decidió a acompañarme con su moto luminosa hasta que la grúa se hubiera llevado al carro (estábamos en una curva cerrada y oscura). Mientras tanto, un indigente alertaba, con la temeridad de un banderillero, a los otros conductores para que no me fueran a chocar por detrás.

De toda la panoplia de personajes que participaron en mi minidrama, solamente el indigente insinuó que quería algún pago a cambio. Pero se lo había ganado, así que se lo di con gusto. La patrullera, una joven recta, amigable y tranquila, desde el principio me dejó claramente establecido que “señor: lo voy a acompañar mientras se llevan su automóvil, ese es mi deber”. Tuvimos ocasión, de hecho, de conversar un rato. Había estudiado contaduría; tenía expectativas y motivación.

Así que, después de todo, terminé aunque fuera un poco reconciliado con mi identidad nacional precisamente el día en que nuestra atormentada república cumplía 200 años. No todo lo que ocurre se parece a lo que vemos diariamente en la prensa y la televisión. Pero, entonces, ¿habrá narrativas que traten de poner juntas experiencias como las de los noticieros con la que acabo de narrar?

La buena noticia es que claro que sí las hay. La mala noticia es que tienden a ser muy tontas, a veces dañosas; incluso las que sí tienen contenido serio son difíciles de sostener. Ejemplo: “los buenos somos más”. Esta frase —que entre otras cosas se volvió una suerte de eslogan para toda clase de hampones y matarifes— está viciada en su origen: la clasificación autosatisfecha de uno mismo como “bueno”, en contraste con otros malos, es moralmente sospechosa y puede alimentar toda clase de iniciativas siniestras. Pero, además, cuando uno estudia en detalle los eventos violentos e inhumanos que se han escenificado repetidamente en nuestro país, se encuentra con que no sucedieron, ni podían suceder, en un vacío institucional y social. Ni fueron solamente protagonizados por unas gentes terribles completamente al margen de la sociedad. Creo que documentar esto es fundamental. La decisión de poner a los terceros involucrados a salvo de la Jurisdicción Especial para la Paz dificultará esta tarea. Pero no la hace imposible. Hay ya muchas fuentes y mucha evidencias que permitirán emprenderla.

Precisamente por la naturaleza altamente descentralizada de nuestras violencias, ya reportada en el informe fundacional del Iepri, nuestra identidad nacional parece haberse construido de manera profundamente autodeprecatoria: una “comunidad en la culpa”, según Fernando Cubides. ¿Pero qué tan creíble es, qué tan generalizada está? Por un lado, están las constataciones simples y brutales que nunca hay que omitir. Por ejemplo, no se puede suponer que un país que ha vivido décadas brutales de guerra —para no hablar del narco, etc.— no haya sufrido cambios culturales. Por el otro, se han producido en paralelo fenómenos sociales en gran escala que podrían ir en la dirección contraria (el fortalecimiento sustancial de la clase media, por ejemplo). ¿Cuál es el saldo de todo esto? ¿Y cuál es el impacto que tiene sobre nuestra identidad?

No conozco un estudio que aclare esto. El hecho de que cumpliéramos 200 años hubiera sido un pretexto ideal para esta clase de reflexión. Pero desde el Gobierno tuvimos una celebración terriblemente desgalamida (el lector no podrá cobrarme usar en este contexto uno de los mejores colombianismos que conozco). Síntoma diciente para un país aún en mora de encontrarse a sí mismo.

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