Por: Juan Carlos Gómez

¿Cumpleaños feliz?

Hace ya un año que está en funcionamiento la Autoridad Nacional de Televisión (ANTV). El nacimiento de esta entidad a través de la Ley 1507 de 2012 fue la respuesta apresurada frente al afán de deshacerse cuanto antes de la Comisión Nacional de Televisión (CNTV).

Por tal razón, el nuevo esquema adolece de vacíos e incoherencias que no se compadecen con la importancia social, política y económica de este medio de comunicación.

Lo primero que hay que lamentar es que el proceso de desprendimiento de la herencia que le dejó la CNTV a la ANTV ha sido demasiado traumático. La liquidación de la primera aún no termina y hay cantidad de asuntos pendientes que no le permiten a la ANTV ejercer sus funciones a cabalidad.

El legislador decidió de manera caprichosa e irresponsable que la orientación de la nueva entidad estuviera a cargo de una junta directiva, en la que se obligó a convivir al Gobierno con unos representantes de los gobernadores, las universidades y la sociedad civil. El resultado no sólo no es un modelo de alta gerencia, sino que hizo agua en diciembre pasado, cuando se descubrió que algunos de los colegas del ministro de las TIC lo querían sacar a gorrazos de ella. Un acto de suma irresponsabilidad que dio al traste, por lo pronto, con el anhelo de que se regulara seriamente el fenómeno de la convergencia de la televisión con otros medios electrónicos, como internet.

Como es obvio, el legislador, buscando a toda costa que no se repitiera el fracaso de la CNTV, diseñó una ANTV más bien coja que tiene que caminar de la mano de dos entidades de gran perfil técnico: la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) y la Agencia Nacional del Espectro (ANE); sin embargo, esa coordinación institucional apenas está por comenzar en muchos aspectos.

No. No es un cumpleaños feliz. Este primer aniversario ha sido más bien estéril. En aspectos esenciales, la ANTV luce aún como una mala segunda parte de lo que fue la CNTV, que sigue viendo la televisión con los mismos ojos del pasado, de espaldas a la realidad de un público inteligente que no necesita su tutela.

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