Por: Benjamin Barney Caldas

Cunde el mal ejemplo

Hace unas semanas, una reciente encuesta de Ipsos-Napoleón Franco reveló que a los bogotanos no les importa qué va a hacer el próximo alcalde de Bogotá mientras sea honrado y poco clientelista.

Para el 50% de los bogotanos la prioridad es que no sea corrupto; el 23% valora que no sea politiquero; para el 17% lo que importa es su carisma, mientras que el 14% se interesa en su carácter. En conclusión, “las características personales de los candidatos serán más definitivas que sus programas de gobierno”.

Lo logrado con los gobiernos de Castro, Mockus y Peñalosa en las dos décadas pasadas lo borró una izquierda que resultó peor que la derecha. Queda la esperanza de movimientos ciudadanos, como el que protestó por las irregularidades en la restauración del Teatro Colón, o el que logró que se ordenara parar las obras del adefesio que se piensa construir en el Parque de la Independencia. Las obras, sin embargo, continuaron y apenas se consiguió que la “araña” regresara a Bogotá.

Como lo dejó en claro el arquitecto Jacques Mosseri, en una columna reciente de El Tiempo, los sistemas de buses articulados, impuestos en todo el país por el primer gobierno de Uribe, no resultaron ser la panacea que muchos se apresuraron a cantar. Al contrario, congestionaron los carriles restantes en las vías por donde pasan y llenaron las ciudades de largas barreras urbanas.

Por supuesto, nadie se da cuenta de que los “expertos” internacionales, importados para que nos digan que “nuestros” sistemas de bus rapid transit, BRT, son un ejemplo para el mundo, viven en ciudades que desde hace alrededor de un siglo tienen metros y trenes de cercanías. Olvidamos así que la invención de Jaime Lerner en Curitiba, treinta años atrás, ha evolucionado ya y operan ahora buses biarticulados, estos sí competitivos si se los compara con los trenes (J. A. Sant’Anna, Autobuses urbanos, 2002).

Lo peor del mal ejemplo de la capital es lo que sucede en las ciudades que la imitan. El Mio, en Cali, generó toda una barrera urbana a lo largo de la calle Quinta, y Transcaribe, en Cartagena, pasa enfrente de sus murallas, dizque patrimonio de la humanidad. Asuntos estos de los que no habla la multitud de candidatos que se lanza a coronar el jugoso negocio que prometen sus alcaldías. No más leer sus “consignas” para electores analfabetas, es como si nuestras ciudades fueran ciertamente invisibles.

 

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