Por: Gustavo Páez Escobar

Curiosa anécdota

La muerte de mi ilustre amigo Jorge Arango Mejía, exgobernador del Quindío y expresidente de la Corte Constitucional, me hace recordar un curioso suceso que viví a su lado hace 58 años. Por aquellos días de 1960 ambos llegamos a Cartagena desde el interior del país, vinculados con contrato de trabajo al Banco Popular.

Yo había sido nombrado secretario de la sucursal, con una misión compleja: reformar la parte administrativa de la oficina, que registraba alto grado de desorganización. Tras dos años de ardua labor, logré cumplir esa finalidad y esto me significó alzar vuelo en mi carrera bancaria, en la que cumpliría 36 años de servicio en diversas posiciones.

El otro lado flaco de la oficina de Cartagena estaba en el índice anormal de la cartera morosa. Como los abogados locales eran permisivos con sus paisanos, esta cartera se había desbordado. Por tal motivo, la Dirección General dispuso contratar un abogado de otro lugar para  intensificar dicha acción. Aquí aparece Jorge Arango Mejía, de Armenia, recién graduado en el Externado de Colombia. De la nómina de la oficina, éramos los únicos del interior del país.

El municipio de Cartagena era deudor de una obligación vencida años atrás, la que por algún hecho extraño carecía de instrumento de pago. El nuevo abogado consideró que la medida indicada consistía en la aprobación por el Concejo de un acuerdo que reconociera la deuda. Hizo contacto con los concejales y obtuvo de ellos la mejor actitud para colaborar en la solución del caso. Se sentían encantados con la simpatía y el don de gentes del abogado. Y entendieron que esa era la fórmula precisa.  

Mientras tanto, el abogado enviaba cartas de cobro a los deudores cuyas obligaciones le habían sido confiadas. Una de ellas fue para un destacado político liberal de la región. ¡Y quién dijo miedo! Este lo llamó indignado por ese gesto que consideraba ofensivo para su alta dignidad, y le preguntó si sabía con quién trataba (el trillado “¿no sabe quién soy yo?” de la actualidad). Y lo enteró de que como miembro del Congreso había votado la ley de reestructuración del Banco Popular.  

Jorge Arango Mejía, ni corto ni perezoso, le respondió que por eso mismo debía dar ejemplo de moral. Le recordó que el banco había quebrado durante la dictadura de Rojas Pinilla, entre otras cosas, por el incumplimiento financiero de miles de deudores, como el gamonal lo era en ese momento. Ya en esta encrucijada, el político le pidió el saldo de la deuda y le hizo llegar el respectivo cheque.                   

Días después, dialogábamos Arango Mejía y yo con el grupo de concejales en una muralla de Cartagena. De pronto, todos se pusieron de pie para saludar al personaje que acababa de llegar, al que le rendían pleitesía. Era el político de marras. Los concejales se sentían orgullosos de presentarle al abogado foráneo. Y el político, con risa irónica, les dijo que ya lo conocía. Al día siguiente, mi amigo renunció al banco y regresó a su tierra. Sabía que el gamonal bloquearía el proyecto de los concejales y le incomodaría su trabajo. En ese episodio está reflejado al vivo lo que constituye la politiquería en el país.

Los únicos honorarios que recibió Jorge Arango Mejía durante el mes de estadía en Cartagena fueron los del dirigente político. Poco después supe que había sido nombrado alcalde de Armenia. Y por esas cosas raras que suceden en la vida, volvimos a encontrarnos, nueve años después de la anécdota que dejo narrada, al posesionarme ante él mismo como gerente del Banco Popular en Armenia, cuando ejercía el cargo de gobernador del Quindío.

escritor@gustavopaezescobar.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gustavo Páez Escobar

La singular historia de Silfo Cifuentes

La holandesa que amó a Colombia

Regresa Blanca Isaza

La exmonja Julia Ruiz

Memoria de la insurgencia