Por: Andrés Hoyos

Cursilería indignante

IBA A ESCRIBIR SOBRE OTRA COSA, pero al abrir la edición dominical de El Tiempo sentí que desde la página 1-15 me daban una bofetada.

Ahí estaba, adornada con el escudo nacional venezolano, una carta de Hugo Chávez “A los presidentes de Unasur”, cursi e indignante. Usurpando el nombre de “los humildes” del continente, el bufón con chequera que manda en el país vecino se gastaba así un poco de millones, que no son suyos, y lograba ofendernos a los colombianos.

Lo primero sea decir que si esa es la prosa que ahora van a enseñar en la República Bolivariana de Venezuela, apague y vámonos. La carta no sólo está llena de clichés (¿cuál “luminoso presente”, cuál “indómito Orinoco”?), sino que contiene 21 errores de puntuación obvios, así como varios de ortografía. ¿Le está llegando sucia a Chávez la señal de ultratumba de Bolívar, quien en su tiempo fue un notable y refinado escritor? Porque es igualmente cursi e indignante que la carta nos acribille con las admoniciones fuera de contexto de un santoral de libertadores, presidido a regañadientes por Bolívar, a cuyos miembros no se les puede pedir su verdadera opinión sobre las payasadas del chafarote de Sabaneta por la sencilla razón de que murieron hace mucho tiempo. Los muertos —sean héroes o bandidos— son dóciles justamente porque están muertos y cualquiera puede reclutarlos sin que protesten. De ahí que el discurso chavista lleve implícito un insulto a la inteligencia. Yo pensaría, por ejemplo, que “nuestro hermano colombiano Estanislao Zuleta” tendría que estar pidiendo plata en el más allá para pagar otro anuncio de periódico que le permita contestarle al confianzudo y abusivo mandatario que lo convocó al coro de los áulicos, pero no puedo asegurarlo porque Zuleta está muerto.

Hugo Chávez es un mago a la inversa, un Superman de papel que convierte en kriptonita la mayoría de las cosas que toca. ¿O no se da cuenta de que con una bofetada, como la citada carta de los “humildes”, no hace otra cosa que consolidar la posición de Uribe en su relación con el ejército de Estados Unidos? Además, no hay nada más detestable que esa actitud de nuevo rico que cree que la dignidad de todo el mundo está para la venta. Hay algunas conciencias, señor charlatán, que usted no puede comprar a ningún precio.

Chávez sufre de una extraña maldición: no se puede estar quieto porque sin escándalo y sin ofender no es nadie. Sin embargo, el escándalo y la ofensa son fieras que devoran de último a quien las saca de la jaula. Chávez es, por eso mismo, un mandatario débil. En su infantilismo revolucionario le pegó un mordisco a una manzana demasiado grande, y un día no muy lejano se le va a derrumbar el alharaquiento andamiaje. Esperemos que ya en medio del estruendo de la demolición a Chávez no se le ocurra cometer una locura militar. Si lo hace, su caída se acelerará, como les sucedió a los militares argentinos con la invasión a Las Malvinas. No obstante, habría muchos muertos inútiles.

La lección que debe quedar clara es que en cualquier Estado donde existan rentas permanentes cuantiosas, como las del petróleo, es indispensable prohibir toda forma de reelección presidencial y proteger, mediante mecanismos constitucionales irreformables, la asignación del gasto de estas rentas. De lo contrario, el mandamás sentirá ganas de sobornar a todo el que se le atraviese, es decir, sentirá la tentación chavista.

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