Por: Humberto de la Calle

Dania es a la pareja lo que Copérnico a la astronomía

Dania, la dama de compañía del servicio secreto norteamericano, ha dicho algo muy serio. Prostituta es la que se entrega gratis. Quienes cobran simplemente ejercen un oficio.

 

Parece un disparate. Pero bien mirado el asunto, lo que ella dijo es que detrás de cada relación erótica hay un pacto con fuerte ingrediente económico. Es verdad. Esto es así desde tiempos inmemoriales. Es quizás la nuez de toda relación de pareja, fugaz o duradera, formal o casual, legalizada o desviada, sin que importe el ropaje que la cubra, el formalismo eclesiástico o notarial o la calificación moral que se le atribuya.

El primer pacto surge en los albores de la humanidad con dos acontecimientos relacionados: el homínido se puso de pié y apareció el sedentarismo. Las manos libres permiten acopiar alimentos. Nacen los asentamientos y la primera división de género: la mujer a la crianza, el hombre a la recolección. Ya tenemos una pareja fuertemente ligada por un acuerdo económico. Entre otros factores, para preservar la filiación, elemento importante en el tránsito intergeneracional de bienes, surge la monogamia aunque de manera balbuciente. No voy a cometer la osadía de decir que no hay diferencia entre un matrimonio formal, en cuya esencia habita también el pacto, y la esporádica relación con una prostituta. Pero sí voy a decir que esa distancia es menos lejana de lo que se suele admitir. Hasta las menos sofisticadas formas de matrimonio incluyen casa, carro y beca.

Lo que ha venido ocurriendo es que al pacto primigenio se han ido sumando adehalas que, aunque importantes, no corresponden a esenciales manifestaciones sacramentales, sino a necesidades coyunturales que van poblando capas superficiales del cerebro. Sobre la pareja inicial, comienza a asentarse el amor que es una creación bastante posterior. Suele ubicarse a principios del Medioevo. Hay hijos, intereses comunes, en fin, un proyecto de vida.

Los hallazgos científicos que permitieron separar el coito de la procreación y el ingreso masivo de la mujer al mercado laboral, produjeron la más trascendental revolución: sexo sin compromiso, fidelidad en salmuera, temporalidad e informalidad de la unión, noción de familia por fuera de la existencia de la pareja y, últimamente, ampliación de sus linderos hasta involucrar individuos del mismo sexo.

Pero en esta singladura, lo que jamás ha desaparecido es lo esencial: el pacto. Desde el matrimonio por conveniencia de la realeza, pasando por el matrimonio sin consentimiento producto de decisiones parentales, sin dejar de lado las uniones morganáticas, ni los matrimonios infatuados por el amor, ni el amancebamiento concurrente con el matrimonio, ni, claro está, la relación aleatoria con una prostituta, alguna forma de pacto es y será de la esencia de la unión. Se anuncia ahora que pronto vendrán muñecas androides con plena capacidad sexual. No hay que equivocarse: allí también estará presente el pacto, solo que un pacto regido esta vez por las leyes de protección al consumidor.

 

No olvidemos a Juan Guillermo Gómez, el abogado asesinado por un celular. Que la idea de sacar del mercado los teléfonos robados llegue por fin.

 

 

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