Por: Ana María Cano Posada

Daniel al cuadrado

SON DOS. HAY QUE LEERLOS Y REleerlos para saber que este tono es una actitud deliberada de destape. Es admirable comprobar cómo lo hacen con tanta fluidez. Ambos son diestros en mirarse como si fueran espectadores de sus vidas.

El material del que está compuesto su contacto con los lectores es el propio pellejo a partir de una renuncia voluntaria a guardar distancia entre su fuero íntimo y el acceso que abren. Y como si fuera poco sonríen mientras lo hacen, mientras escriben, como si les produjera una gran liberación hablar de ellos mismos.

El pionero de los dos en este destape se anticipó incluso a la idea del hiperrealismo televisivo, a los realities, porque desde la década del 70 ya tenía a su familia como protagonista de sus columnas, que por entregas formaron una comedia llamada Dejémonos de vainas. Son ellos Daniel Samper, papá e hijo, Pizano y Ospina. Entre los dos suman décadas de servicio a la causa, pero siempre desde el bastión del primer plano en el que escriben. Cada uno ha hecho su trayectoria de periodista serio y creíble sin declinar a la tentación de reírse a costa propia. Es un asunto genético sin correctivos. Algún mecanismo tuvo que moverse para transgredir el postulado de la primera persona, proscrita en el ejercicio periodístico, para dejarlos nadar en sus propias aguas de esta forma que es sólo suya.

Supongo sin elementos, que debió ser como lanzarse al vacío y que una vez hecho el primer arrojo y vencido el primer reato, se tomaron el coraje suficiente para seguir haciéndolo. La cuerda floja que se transita a partir de ese momento implica el riesgo que se corre pero se vuelve una obligación hacerlo. En este caso es perder el miedo al ridículo y una vez rota esa barrera pasar al otro lado es más sencillo. Una jovialidad de fondo tuvo que acompañar este desenfado de exponerse y usar el humor para despojarse de cualquier ceremonia, para experimentar en carne propia un laboratorio inagotable de situaciones cotidianas que siempre deja mal parado al que habla. Dieron vuelta a la supuesta modestia de omitirse en toda narración para tener la libertad de nombrarse. En esto flotan Daniel y Daniel con una liviandad envidiable.

Porque no era en el circo donde exhibirse es la norma, ni en el teatro donde el disfraz es el recurso, sino hacer este destape en un oficio como el periodismo, donde la reserva y la verosimilitud son requeridas. Y tomar la decisión de escribir sobre sí mismo sin renunciar a mirar en serio alrededor debió ser un voto solitario, arriesgado. Cuando Daniel Samper Pizano empezó a incluir en su columna de El Tiempo lo que pasaba en su cuadra, con sus tíos, sobre cómo crecían los hijos, lo leían como una osadía, como un desenfado primerizo de quien quiere quitarse toda etiqueta de encima. Pero su persistencia de años en mirar esta diaria comedia de situaciones a través de un filtro risible ya es una convicción de dominar ese género sin desistir de hablar en serio de asuntos por fuera de su círculo.

Después llegó Daniel Samper Ospina, habló en primera persona y asumió que su pareja, la luna de miel, el parto, la invitación, la decisión de hacerse mamerto o cualquier ocurrencia conforman ese mundo aparte al que dedica su ironía. Pero por fuera de sus columnas él es más osado con otros, porque como director de Soho consigue que muchos “extras” fabriquen un acontecimiento para narrarlo en primera persona según pedido. Dos periodistas que comenzaron por darse licencia, persisten en sacarse partido y sometidos a su propio invento de reírse de manera casi idéntica, ya no tienen escapatoria.

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