Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Daños y prejuicios

Safari ya no luce Slacks descaderados de bota campana ni exhibe su pecho entre los botones desabrochados de una ajustada camisa de satín.

No se tongonea ni sacude su pelo largo contra el suelo como las drags; ya no es la reina del frenesí que, bajo esferas de espejos y el fulgor de reflectores en discotecas setenteras, bailaba con una mano en la frente mientras señalaba con la otra al amante de turno.

Todos la llaman Safari, apelativo que ella misma eligió para conservar el ritmo de Wild Safari, de Barrabas, el hit de las pistas de baile en sus años mozos.

Con la sabrosura intacta, se siente digna heredera de la Kol-cana, la travesti más divina que recuerde la zona roja de Medellín.

Hace más de medio siglo su familia llegó de Riosucio al barrio Manrique y de allí bajó al estigmatizado sector de Lovaina. El padre de Luis Evelio Hernández, nombre real de Safari, nunca aceptó que su hijo varón se sintiera mujer. Hasta los siete años contó con el apoyo incondicional de su madre, pero cuando ella murió, el niño emprendió la huida. A los 10 años conoció el alcance de las perversiones de un adulto.

Fue por aquel entonces cuando recibió una beca para estudiar en un liceo público. A pesar de su buen rendimiento académico, el rector le dijo que ese colegio “no era para maricas”. Lo expulsó. “No fui puta porque quise: no me quedó otro camino”, concluye con resignación.

En el inquilinato que administra Safari hay siete relojes de pared. Todos sincronizados en la hora exacta: “Es para que no me jodan a media noche preguntando lo mismo”...

Catorce piezas, 11 ocupadas, tres vacías, pestilentes, con el techo como un cedazo. Cinco mil pesos la noche; ocho, si es con hijos. Los inquilinos comparten baño, “extendedero” de ropa, teléfono para recibir llamadas, parabólica y cocina (sin loza). “Aquí no sólo vienen travestis, también ‘areperas’ —susurra—, perdone le digo una palabra fea: lesbianas”.

Safari es la única portadora de las llaves de la puerta principal; si alguien toca, las arroja desde el segundo piso. Cada huésped es responsable del candado de su habitación “para evitarse malas imaginaciones”. La norma es clara: “Prohibido transitar entre piezas”.

En su reino de excesos, esta cincuentona curtida de calle se retira un cadejo de canas que le cae sobre la frente y desenfunda sus tesoros: dos diplomas con su nombre de pila escrito con marcador indeleble. Los obtuvo en encuentros de organizaciones LGTBI y de comunidades indígenas, ROM y minorías.

La vida de Safari es una sucesión de actos de exclusión, antes y después de la Constitución del 91. Confiamos en la Carta Magna como conjuro ante el prejuicio y la desigualdad. De ella nació la Corte Constitucional, para salvaguardar su integridad y supremacía. Pero una y otra vez enfrentamos con estupor aquello de la interpretación de la norma...

Safari tiene dos diplomas. Y ninguno es de bachiller.

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