Por: Mauricio Botero Caicedo

Dardos y pullas

Contestando la pregunta “¿cómo responde a las críticas que señalan que Luxottica usa su posición para mantener los precios de las gafas artificialmente altos?”, Andrea Guerra, presidente de la multinacional italiana de anteojos, afirmaba: “No hay barreras de entrada en este sector. Cualquiera puede ingresar y vender a precios competitivos. Lo hermoso de la industria es que realmente se pueden conseguir gafas a cualquier precio, desde US$1 hasta US$1.000. Además, ni siquiera representamos el 10% de todo el mercado”.

El señor Guerra tiene toda la razón: el precio final de los anteojos no lo determina ni el costo, ni mucho menos Luxottica: es el “consumidor” el que decide cuánto está dispuesto a pagar. Lo más divertido es que el precio no está relacionado con la calidad del producto sino con el reconocimiento de la “marca”. Los fabricantes y el dueño de la ‘marca’ ganan por punta y punta: por el precio exorbitante que le cobran al consumidor incauto o esnob por una gafas cuyo costo de producción no llega ni al 5% del precio final, y porque el consumidor se presta, sin que este último tenga que pagar un peso, a ser un anuncio portátil del dueño de la “marca”.

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Dentro de las frases de cajón que emboban a los izquierdistas (con o sin sotana) está la trillada sentencia de que en Colombia “los ricos son cada día más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Resulta que esta bobalicona frase es patentemente falsa de cabo a rabo: la pobreza en Colombia disminuyó del 42% en 1985 al 27,7% en 2005, y sigue cayendo; y de acuerdo con la consultora UBS AG Wealth-XUBS, el patrimonio de los colombianos más ricos sigue en descenso (Portafolio, Sept. 11-13). La verdad es que en Colombia “los pobres son menos pobres y los ricos menos ricos”.

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Innumerables casos se han dado en que los electores aceptan la corrupción en una economía pujante y que pasan por alto la incompetencia si los mandatarios son, o aparentan ser, honestos. Por lo visto doña Cristina Kirchner, combinando la incompetencia con la corrupción, nunca entendió tan elemental premisa. Siendo casi imposible que logre las dos terceras partes del Congreso necesarias para modificar la Constitución que le permitiría hacerse reelegir, lo más probable es que la Kirchner se vea obligada a regresar a Calafate, en donde puede dedicarle más tiempo a terminar el fastuoso mausoleo de Néstor, su exmarido. Doña Cristina no va a tener ningún tipo de estrecheces: sus actividades pretéritas —en compañía del finado Néstor— como “chepitos” en Santa Cruz fueron rentables en extremo. Son pocos los hoteles y atractivos turísticos en Calafate que no le pertenecen a tan distinguida y emprendedora pareja.

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Doble a sencillo que el impuesto a las transacciones financieras, más conocido como el 4x1.000, nunca va a ser eliminado. Creado en la administración Pastrana para salvar a los bancos, se extendió para conjurar las víctimas del terremoto, las inundaciones y el sector agropecuario. Cuando un impuesto le brinda a un gobierno el 6% de sus ingresos, siempre va a encontrar razones para no desmontarlo.

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Muy pocos se han percatado del enorme parecido que tiene la sociedad civil de la India con aquella de Colombia. Mientras que en la India las “castas” determinan la posición en la pirámide social, en Colombia son las “caspas” los que terminan ocupando las más altas posiciones de la pirámide.

 

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