Por: Columnista invitado

David Carr, el ícono

Más que columnista de The New York Times, David Carr se transformó con los años en una especie de portavoz de este periódico, algo así como el portador del estandarte de un lugar mítico, claro, pero que se ha encontrado en los mismos problemas financieros que aquejan al resto de las empresas periodísticas.

Un título no oficial e incluso algo improbable, pero no por eso menos merecido, tal vez. No un reportero de guerra, ni un cronista judicial, no el corresponsal en la Casa Blanca. En últimas, no el periodista asignado a cubrir el poder y los poderosos (una especie de cuidado, que solemos volver poderosa, como sus fuentes), sino un hombre dedicado a escribir acerca de los medios y la cultura popular: un tipo que entendió que en la intersección entre información, negocios y tecnología había una historia vital para la industria, pero también para el público; que hablar de lo que la gente consume en términos informativos es también hablar de quién es esa gente y cómo se enfrenta, en el ejercicio diario de enterarse del mundo, al ejercicio del futuro.

Los obituarios suelen escribirse bajo la sombra del legado, olvidando generalmente que aquella proyección de virtudes y tareas loables es, apenas naturalmente, el lado opuesto de las desgracias y las malas acciones. En Carr ese lado está lleno de oscuridad y abismos, de comportamientos reprobables, incluso criminales: la historia de un adicto a la droga que convivió con una expendedora (su esposa), quien a su vez es la madre de sus dos hijas. Todos hechos muy públicos, consignados en The Night of the Gun (2008), un libro que oficia como investigación periodística en el propio pasado del autor. “Ahora habito una vida que no merezco, pero todos caminamos esta tierra sintiendo que somos un fraude”.

Las historias de redención son agradables. Pero incluso para los estándares de la resurrección, lo de Carr es notable: de la calle y las drogas y la asistencia social al Times, de ser columnista a ícono. Lo icónico en el reportero fue, tal vez, su entrega terca y dura a buscar los datos y las voces para decir lo que quería decir acerca de, muchas veces, amigos o colegas: la incómoda figura de ser evangelista, pero sin necesidad de evangelizar; no mesías, tan sólo un tipo mordaz.

Mordaz, aunque galante, quizá justo. Después de su famosa pelea con los dueños de Vice (escena capturada en el documental Page One, 2011), Carr volvió a escribir sobre esta empresa, que en un principio había retratado en parte como la aproximación hipster a la información, para concluir que “los eventos recientes sugieren que Vice va muy en serio en reportar las noticias que incluso la gente joven sí ve”.

David Carr murió esta semana en la sala de redacción del Times.

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