Por: Andrés Hoyos

David y Goliat en Venezuela

David volvió a derribar a Goliat, y el así llamado “socialismo del siglo XXI”, tan parecido al populismo del siglo XX, quedó herido de muerte este domingo.

 En su discurso de “victoria” Nicolás Maduro hablaba en efecto con la incoherencia de uno que acabara de recibir una pedrada en la cabeza. Su verdugo fue, como en la fábula bíblica, un hombre menudo al que le dicen “El Flaco”. Henrique Capriles enfrentó solo a un Estado tramposo, despilfarrador y arbitrario, y en quince días de campaña este extraordinario candidato le dio la vuelta a un millón de votos, opacando incluso el multitudinario entierro de Hugo Chávez de hace apenas un mes.

Según las cuentas oficiales del parcializado CNE, Capriles obtuvo unos pocos miles de votos menos que Maduro, pero en realidad ganó las elecciones porque va a obligar a su contrincante a transitar por un camino en extremo peligroso para él. Es muy posible que esta vez sí haya habido fraude electoral, entre otras razones porque cuando los márgenes son demasiado estrechos, crece la tentación de alterarlos. ¿Le creemos al régimen sus reiteradas e indignadas declaraciones de pulcritud? Yo, dado los antecedentes, no les creo. De ahí que la MUD tenga todo el derecho de pedir un recuento completo. Dicho esto, me extrañaría mucho que sea posible voltear el resultado de las elecciones. La diferencia, del lado que haya sido, fue de todos modos pequeña.

Paradójicamente, el espectro del fraude no es a estas alturas lo más importante; lo importante es que Capriles tiene a Venezuela en sus manos y que ojalá tenga también la sabiduría y el aplomo necesarios para jugar bien sus cartas. Su tarea está cantada: debe debilitar a Maduro con paciencia y perseverancia, obligándolo a cavar él mismo la tumba del chavismo en un lapso que podría no durar ni siquiera los tres años que estipula la Constitución para poder pedir oficialmente la revocatoria de un mandato presidencial. Y ello porque tres años en un ambiente tan inestable y enrarecido son una eternidad y existe el riesgo de que el chavismo salte en pedazos antes de lo previsto. La propia noche del domingo, desmarcándose, Diosdado Cabello les pidió a sus partidarios buscar las fallas hasta debajo de las piedras. Alguien tendría que sugerirle que no escarbe tanto: al desinstitucionalizar la vida del Estado, al eliminar los contrapesos del poder, al ahuyentar el emprendimiento privado, al fomentar el gasto enloquecido y permitir el saqueo y al hacer que todo gire alrededor de un caudillo, se está forjando una sociedad insostenible que no le saca lo mejor a la gente.

La ventaja más notable que tiene ahora la oposición venezolana es que Maduro, quiera que no, tendrá que tomar medidas en extremo impopulares, las cuales seguirán minando su ya moribunda gobernabilidad. Y si no las toma, peor. Pase lo que pase, no puede radicalizar el experimento como quieren algunos, porque dada su debilidad eso simplemente aceleraría su caída. Tampoco, claro, puede administrar el statu quo como si nada.

La situación de Capriles, convertido en símbolo, tiene un aspecto muy delicado: por lo mismo que enfrenta a un enemigo desesperado y sin hígados, cualquier cuidado que se tenga con él es poco, pues en circunstancias como las que vive Venezuela más de una persona con poder estará pensando en eliminarlo. Semejante desenlace, sobra decirlo, sería ahí sí catastrófico.

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