Por: Patricia Lara Salive

De acusadores a acusados

EN INGLATERRA, DONDE SIEMPRE hay un escándalo (las infidelidades de los nobles, la homosexualidad de tal parlamentario, etc.), esta vez existe uno enorme pero diferente: ahora, la prensa pasó de acusadora a acusada.

 

Y, lo más significativo, es que esa relación de amor y odio, pero ante todo de tácito “hagámonos pasito”, entre poder, políticos y prensa, se rompió el miércoles en contra del magnate Rupert Murdoch, dueño de News Corp, empresa propietaria de The Wall Street Journal, The New York Post y Fox News en Estados Unidos y, en el Reino Unido, de The Sun, The Times y, hasta el pasado domingo, de News of The World, el diario de mayor circulación.

Para Murdoch era clave hacerse a BSkyB, plataforma que usan para transmitir los canales vía satélite. Pero la operación requería una especie de aval del gobierno sobre que él y su conglomerado eran correctos (“fit and proper”). Sin embargo, esta semana, Murdoch tuvo que retirar su oferta de nueve mil millones de euros, ante la censura de la operación que haría el Parlamento, debido al escándalo in crescendo generado por el descubrimiento de la práctica de chuzadas telefónicas para obtener chivas, usual en News of The World (y ahora el ex premier Brown acusa también a The Sun), periódico con 168 años de vida que Murdoch cerró el domingo con el fin de detener la marea y no perder el negocio de BSkyB. El retiro de la oferta lo aplaudió el primer ministro David Cameron, cercano al magnate, cuyos medios apoyaron su campaña electoral. Es decir, que ese poder político, que le hacía tantas reverencias a Murdoch, esta semana le dio la espalda.

Pero si bien él salió mal herido de esta importante batalla, aún puede no perder la guerra: los poderosos y sus debilidades siguen ahí, y a él le quedan dos ases: The Times y The Sun, que ya se comenta que tal vez circule los domingos y, seguro, saciará —aunque con mayor cautela—, la necesidad de los ingleses de devorar noticias sensacionalistas.

El escándalo se gestaba desde 2006, cuando a raíz de publicaciones sobre la intimidad de los príncipes William y Harry detuvieron a Clive Goodman, corresponsal ante la familia real y al detective Glenn Mulcaire, contratado por News of The World para espiar y chuzar. Pero llegó a mayores cuando The Guardian descubrió que habían interceptado el celular de Milly Dowler, una niña de 13 años, raptada en 2002, cuyo cadáver apareció cinco meses después. Luego se supo que la asesinaron casi de inmediato, que el detective que trabajaba para News of The World hizo interceptar su celular y que, cuando el buzón se llenó de mensajes, los reporteros, ansiosos por obtener más chivas, ordenaron borrarlos, lo que confundió a la Policía e hizo pensar a la familia que ella estaba viva. Ese descubrimiento provocó una reacción contra el periódico, por parte de esa opinión que, morbosa, disfrutaba con sus revelaciones sensacionalistas, y salpicó al poder, pues se dice que oficiales de Scotland Yard recibieron “pagos inapropiados” de News of The World para que le filtraran información y, ahora, muchos se preguntan si también para detener las investigaciones en su contra. Y el escándalo también toca a Cameron, pues su exjefe de prensa, Andy Coulson, era director de News of The World cuando encarcelaron a Goodman.

De todo esto surgen preguntas: ¿hasta dónde es lícito hacer lo que sea con tal de vender más periódicos —que también podrían ser, por ejemplo, cigarrillos o licores—? ¿Cuáles son los límites del derecho al lucro? Y lo clave: ¿qué tan cerca pueden estar la prensa y el poder?

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