Por: Juan Gabriel Vásquez

De Bilbao a Nueva York

HACIA EL FINAL DE BILBAO-NEW York-Bilbao, esta novela extraña y extrañamente conmovedora, Kirmen Uribe nos cuenta la historia de un par de amigos, el novelista Agirre y el lingüista Azkue, que solían encontrarse durante las vacaciones en el pueblo de Ondarroa.

Eran amigos íntimos, pero Agirre vivía en una casa desordenada y humilde (su padre era carpintero), mientras que Azkue había nacido en una familia acomodada. Agirre nunca invitó a Azkue a entrar a su casa: tan pronto lo oía llegar, salía a recibirlo al portal y allí se quedaban hablando largas horas. A Kirmen Uribe todo le sirve para hablar de otra cosa, y la brevísima historia de estos dos amigos se convierte en una metáfora de la literatura vasca. “Nuestra tradición literaria”, escribe Uribe, “es como la casa de sus padres, pequeña, humilde, desordenada. Pero lo peor que podemos hacer es mantenerla oculta”.

 Bilbao-New York-Bilbao es una novela extraña por muchas razones, y una es ésta: el afán por buscar un lugar en la tradición vasca con una novela que, a pesar de su anécdota local, quiere reventar localismos y tradiciones en cada página. Kirmen Uribe, un escritor vasco, viaja en avión de Bilbao a Nueva York, y mientras él se desplaza en el espacio, su memoria se desplaza en el tiempo: quiere escribir una novela sobre las historias de su familia, y en particular sobre su abuelo, Liborio Uribe, marinero y patrón del pesquero Dos amigos. El origen del nombre es uno de los pequeños misterios que mueven esta novela. “Si el abuelo era uno de esos amigos, ¿quién sería el otro?”, se pregunta el narrador. “Quería encontrar a ese otro”. Y así comienza la novela: persiguiendo la memoria de Liborio Uribe.

Pero muy pronto nos damos cuenta de que esta es una de esas novelas en donde el destino importa menos que lo que pasa en el trayecto: la historia del abuelo nos lleva a la de un pintor, Aurelio Arteta, que pudo haber pintado el Gernika y prefirió no hacerlo; la de Arteta, a las historias del padre del narrador, patrón del pesquero Toki-Argia; y de éstas vamos a la historia personal del narrador mismo. Entre una y otra, Kirmen Uribe nos cuenta del Mar del Norte, donde pescó su padre; reproduce el diario de un jovencito que cruza el Atlántico en barco, nos habla de las grabaciones que hizo su tío para un diccionario de pescadores, se permite incluso varias digresiones sobre la lengua vasca, su pasado y su destino. Y así se va montando el asunto, de manera que no sólo leemos la novela de Kirmen Uribe, sino también la invención de la novela.

 Bilbao-New York-Bilbao, con su estructura relajada que a veces se acerca al collage, con la maravillosa manera que tiene de irse por las ramas, es una novela caprichosa, pero en esos caprichos están sus logros. No es por nada que Uribe ha escogido un epígrafe de W.G. Sebald, cuyas novelas (pienso en Vértigo y Los anillos de Saturno) tienen un cariño similar por la libre asociación de ideas. Pero estas consideraciones no tendrían ninguna importancia si las historias, las varias historias que nos cuenta Uribe, no tuvieran su propia pertinencia. Y la tienen: son historias conmovedoras y honestas y profundamente humanas, y Uribe ha sabido contarlas con una rara mezcla de osadía en la forma y simpatía de narrador tradicional. Y eso no es un logro menor.

 

 

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